jueves, 5 de febrero de 2026

Bienvenidos al ayer: Lo que ya sabíamos de las redes sociales

Ahora que de pronto muchos están cayéndose del guindo de que las redes sociales son un experimento de control sociológico, cajas negras y laboratorios humanos en manos de los líderes del turbocapitalismo más atroz y antidemocrático, me gustaría recordar algunas cosas que cualquiera que hubiera prestado atención ya sabía desde hace mucho tiempo.

Para ello, citaré algunas partes de "DeepSeek y por qué el futuro de la IA es el software libre" que explican estas problemáticas.

Acerca de los algoritmos cerrados que por fin algunos empiezan a pensar en auditar:

A diferencia del código abierto, donde el algoritmo es auditable y modificable por la comunidad, los sistemas de Meta o X son cajas negras. Más allá de las filtraciones, no sabemos cómo priorizan el contenido o qué parámetros usan para definir el engagement. Esta opacidad es estratégica, y permite a Meta evadir responsabilidades («el algoritmo lo hizo») mientras oculta prácticas que, de ser públicas, generarían rechazo. Si el código de Facebook fuera abierto, los investigadores podrían identificar sesgos raciales en la modera­ción de contenido, colectivos afectados propondrían parches éticos, y la ciudadanía entendería cómo se manipula su atención. En cambio, el código cerrado convierte a los usuarios en conejillos de Indias de un experimento del que ignoran las reglas.

Como señaló Shoshana Zuboff en El capitalismo de la vigilancia, el verdadero producto de Meta es el excedente conductual: patrones predictivos extraídos de cada like, cada pausa de tres segundos en un video, cada mensaje no enviado. Google inauguró esta forma de cercamiento basando su modelo de negocio en la publicidad dirigida, por medio de técnicas de extracción y predicción de información. Esta publicidad dirigida nos puede parecer meramente vender zapatillas (¿qué mal puede hacernos algo así, si los anuncios genéricos son mucho más aburridos?), pero si lo analizamos cuidadosamente, realmente se trata de la elaboración de una serie de medios de modificación conductual que buscan conocer y manipular al objetivo. Es decir, estos datos entrenan algoritmos que no solo venden zapatillas, sino que moldean elecciones, estilos de vida y hasta identidades. Con Google esto comenzó a partir del registro de las cadenas de búsqueda junto a detalles laterales como la manera de expresar estas búsquedas, su ortografía, las pautas de cliqueo y otros detalles. Más adelante, con redes sociales como Facebook en las que el usuario reacciona a los diversos contenidos y comparte incluso afiliaciones políticas y religiosas, se dispararon las posibi­lidades del análisis de las multinacionales acerca de nuestros comportamientos y el desarrollo de métodos para manipularlos. Las posibilidades de manipulación sobre la conducta que facilita esta extracción de datos, como ya demostró Cambridge Analytica, pueden alcanzar incluso a la propia democracia.


También sobre estos algoritmos:

Existen múltiples estudios, análisis y testimonios que han señalado cómo los algoritmos de recomendación y de priorización de contenido en redes sociales tienden a favorecer publicaciones que generan emociones intensas, incluida la ira, debido a que este tipo de reacciones suele traducirse en mayores niveles de interacción. Investigaciones publicadas en revistas científicas (por ejemplo, el estudio de Vosoughi, Roy y Aral, 2018, en Science) han demostrado que, en redes sociales, las noticias falsas y los contenidos con tintes emocionales negativos se difunden más rápidamente que aquellos con contenido veraz o neutro. Esto se atribuye, en parte, a que generan reacciones fuertes (como enojo o indignación) que impulsan el engagement, es decir, que hacen que la gente se involucre e interactúe más. Caer en la trampa, reaccio­nar y comentar, precisamente es algo que impulsa el contenido al que uno se opone. Diversos reportajes de investigación y análisis independientes han documentado que las plataformas sociales, incluidas las de Meta, miden y utilizan reacciones emocionales (incluyendo el uso del emoji de «enojo») para determinar qué contenido es más «atractivo» para los usuarios. Esto ha llevado a la crítica de que, al priorizar contenido que genera reacciones intensas en los usuarios, se estaría impulsando la difusión de información polarizante o potencialmente dañina, en particular discursos de odio. Algunos ex empleados y expertos en algorit­mos han afirmado que la maximización del engagement, lo cual es un objetivo central en el diseño de estos sistemas, puede llevar a que se promocione contenido que, aunque resulte polémico o dañino, incrementa las interacciones y, por tanto, el tiempo de permanencia de los usuarios en la plataforma. En Alemania, el partido de ultraderecha AfD (Alternativa para Alemania) ha domi­nado repetidamente los rankings de engagement en Facebook. Según un estudio de 2021 del medio Die Zeit, los posts de la AfD recibían hasta 5 veces más interacciones que los de partidos tradicionales, gracias a mensajes provocadores sobre inmigración y a las teorías de la conspiración sobre el «gran reemplazo». Los algoritmos de las redes sociales realmente funcionan bajo el mecanismo de que lo importante es que hablen de ti, incluso si hablan mal de ti. Las reacciones al contenido, aunque sean negativas, son precisamente lo que hace que ese contenido se muestre más a menudo, pues el objetivo número uno de la red social es atrapar la atención de los usuarios durante más tiempo. 
Sería también absurdo disculpar a compañías como Meta considerando que no sean plenamente conscientes de todo esto. El crecimiento siempre se pone por encima de la seguridad o incluso de la integridad de los usuarios, como mostaron las filtraciones al Wall Street Journal de Frances Haugen, gestora de productos en el equipo de integridad de Meta, en las que destapó que la compañía era perfectamente consciente a través de investiga­ciones internas de cómo el uso de las redes sociales estaba afectando a la salud mental de los adolescentes; pero que, a pesar de ello, no se hizo nada al respecto. Así, según los documentos publicados, el 32% de las adolescentes encuestadas habían afirmado que se sentían peor con su cuerpo cuando utilizaban Instagram. Para Frances, «había conflictos de intereses entre lo que era bueno para el público y lo que era bueno para Facebook».


Sobre la situación privilegiada de las redes sociales para convertirse en jugadores de primer orden en el mundo de los LLMs:
[...] con el auge de los Grandes Modelos de Lenguaje (LLMs), el interés de Meta sobre los datos de sus usuarios ha dado un giro que quizá pocos esperaban unos años atrás. Los comentarios e interacciones son ahora el alimento de la inteligencia artificial, que necesita enormes cantidades de datos que deben ser cercados y utilizados, a ser posible en exclusiva para evitar así que surja más competencia. Ese fue precisamente el motivo por el cual X (antes Twitter) limitó progresivamente el acceso a su API, que permitía hacer extracción de datos con relativa facilidad: la red social necesitaba apropiarse en exclusiva de los 500 millones de mensajes que los usuarios de la plataforma escriben cada día (según los datos publicados en 2023), que se han vuelto esenciales para entrenar a su IA bautizada como Grok. [...] 
En la era de los grandes conjuntos de datos, las redes sociales dejaron de ser meras herramientas de conexión para convertirse en infraestructuras de captura cognitiva. La IA se fue convirtien­do progresivamente en el horizonte del modelo de negocio de estas redes sociales, para las que antaño la publicidad dirigida había sido la principal razón de ser de su acumulación y análisis de cantidades masivas de datos. Plataformas como X (con sus tweets entrenando modelos de lenguaje) o TikTok (con sus vídeos optimizando algoritmos de recomendación) replicaron la fórmula, extrayendo datos no remunerados, procesándolos en silos cerrados y monetizando la inteligencia derivada. A su vez el deep learning, en este sentido, no hubiera sido posible sin el capitalismo de vigilancia como base material para convertir la experiencia humana en materia prima para predicciones comer­ciales. Es decir, que para este desarrollo del deep learning fue una condición material necesaria la capacidad de recolectar, almace­nar y procesar billones de datos generados por usuarios en plata­formas como Facebook, Google Search o TikTok. Recordemos que ya hubo cierto escándalo en 2014 cuando Google especificó en los nuevos términos de uso de su servicio de correo electrónico gratuito, Gmail, que sus sistemas automatizados analizarían el contenido de todos los correos del usuario para proporcionar resultados de búsqueda personalizados y publicidad adaptada a los gustos personales.


Por último, es también un buen momento para recordar el escándalo de Cambridge Analytica, y destacar que hace mucho tiempo que sabemos cómo se las gastan estas multinacionales:

El escándalo de Cambridge Analytica no fue más que el resultado de la lógica natural de este sistema. En 2013, un investigador llamado Aleksandr Kogan creó una app de «test de personalidad» con su empresa Global Science Research, que recolectó datos de 87 millones de usuarios de Facebook sin su consentimiento, recabando información personal de más del 15% de la poblacion total de EEUU. ¿Y cómo lo hizo si apenas 265.000 personas accedieron al test? Solicitando al usuario permisos para acceder a su información personal... y a la de sus amigos. Es decir, lo sonrojante es que el test de Kogan no necesitó hackear nada. Utilizó APIs abiertas de Facebook, que permitían a terceros acceder no solo a los datos de quienes usaban la aplicación en su propio Facebook, sino a los de todos sus amigos. Estos datos, como los gustos musicales, historiales de interacciones, o los «me gusta» a páginas de carácter político o religioso, fueron vendidos a una compañía llamada Cambridge Analytica, que los utilizó para crear perfiles psicológicos de millones de usuarios. A partir de estos perfiles, se dedicaron a manipular elecciones como la de Trump en 2016 o la del Brexit en Gran Bretaña mediante publicidad dirigida a pequeños grupos que consideraron particularmente vulnerables. Y todo esto no solo era permitido por Facebook, es que formaba parte de la lógica de su aplicación. Si cometieron algún «error» en la red social de Zuckerberg, fue el de no controlar el flujo y monetizar ellos mismos directamente estos datos.

Dos personajes especialmente influyentes que aparecen en esta historia de manipulación cultural y electoral, son el estratega ultraconservador Steve Bannon, principal asesor y jefe de campaña de Donald Trump en los tiempos en los que logró acceder a la presidencia de EEUU en su primera legislatura (2017-2021) y que dirigió la empresa Cambridge Analytica a partir de 2014, y el multimillonario inversor y experto en inteligencia artificial Robert Mercer, que fundó Cambridge Analytica y fue uno de los mayores donantes de Trump en la campaña que desembocó en esta primera legislatura. Christopher Wylie, quien destapó el asunto del espionaje e ingeniería social ejecutados sobre millones de perfiles y desató el revuelo judicial, había sido el cerebro técnico, encargándose de reunir al núcleo de psicólogos y científicos de datos que trabajarían para la compañía. Christopher habló también de sus conversaciones con Steve Bannon, su jefe, cuando filtró la información a The Guardian, indicando que el principal interés del ideólogo ultra era convertir los datos capturados en una herramienta de «guerra psicológica». La teoría que Steve Bannon defendía abiertamente delante de Wylie, era que la política es una corriente que desciende de la cultura, concluyendo entonces que para cambiar las tendencias políticas de la gente es necesario cambiar la cultura. Es decir, se trata de la guerra cultural, pero también de que si la gente rechaza tu ideología, lo que tienes que hacer es encontrar la manera de «ponerla de moda». Para lograr este objetivo, la publicidad especificamente dirigida a pequeños segmentos que llevaba a cabo Cambridge Analytica a partir de los datos robados sin consentimiento a los usuarios de Facebook, era un método perfecto. Así por ejemplo, mientras se trataba de exacerbar las perspectivas racistas de algunos votantes blancos particularmente susceptibles tocando temas que les preocuparan, se intentaba convencer a algunos segmentos de votantes negros para que no acudieran a las urnas.

Cuando Mark Zuckerberg declaró ante el Congreso estado­unidense en 2018, su excusa fue la ignorancia: «Hubo una brecha de confianza». Pero nadie se lo creyó. Facebook acabó pagando una multa de 5.000 millones de dólares en 2019 impuesta por la Comisión Federal de Comercio de EE.UU. (FTC), que especi­ficó que Facebook engañó a los usuarios acerca de su capacidad para controlar la privacidad de su información personal. No había ninguna manera de evitar que tu información acabara en manos ajenas si un amigo tuyo interactuaba con algún elemento como un test de personalidad, o cualquier otra mini-aplicación integrada en Facebook que obtuviera su permiso para acceder a su perfil. La FTC concluyó además que los beneficios de Facebook provenían principalmente de la monetización de la información de los usua­rios de la red social mediante anuncios dirigidos específicamente a ellos. A estos usuarios se les impulsaba a compartir su información personal en la plataforma prometiendo que podrían controlar la privacidad de su información a través de las configuraciones de privacidad de la plataforma, pero esta información era compartida con apps de terceros incluso cuando pertenecía a los amigos del usuario que las utilizaba. Es decir, Facebook diseñó sus APIs, las utilidades disponibles para terceros que quisieran programar aplicaciones para Facebook, de tal modo que los desarrolladores externos pudieran acceder libremente no solo a los datos de los usuarios que las instalaran, sino a los de sus amigos, incluso aunque estos últimos no hubieran dado ningún tipo de consentimiento explícito. Esto, como ya se ha indicado, incluía datos como su historia laboral, sus afiliaciones políticas y religiosas, y muchos más.

Aunque Facebook se fingió sorprendido al respecto, el caso de Cambridge Analytica no fue un accidente. Era parte de la arquitectura de datos de Facebook. Por eso fue que la FTC impuso aquella multa, la mayor jamás impuesta a una compañía por violar la privacidad de los consumidores, y casi 20 veces superior a la mayor multa al respecto impuesta en todo el mundo. No obstante, aunque la cifra de 5.000 millones de dólares de multa parezca muy alta, los beneficios netos de Facebook en 2019, el año en que la compañía fue multada, fueron de 18.400 millones de dólares.

La resolución judicial también impuso restricciones a las operaciones comerciales de Facebook, exigiendo a la compañía la reestructuración de su enfoque de privacidad desde el consejo de administración hacia abajo, estableciendo que los ejecutivos de Facebook serían responsables de las decisiones tomadas al respecto, y sometiendo estas decisiones a supervisión a través de un comité de privacidad interno, obligando también a la empresa a presentar certificaciones trimestrales de que la empresa cumple con el programa de privacidad exigido por la decisión judicial, así como una certificación anual de que Facebook cumple con esta resolución en general. Del mismo modo, la resolución estableció que Facebook a partir de ese momento tendría que documentar cada decisión respecto a la privacidad en toda creación o modificación de sus productos, servicios o prácticas, y esto antes siquiera de su implementación.

Tras el escándalo, Meta restringió el acceso a sus APIs, pero no porque tuvieran un arranque de ética e interés por proteger al usuario. Y como no hay mal que por bien no venga, esto sirvió para consolidar su monopolio sobre los datos. Hoy, investigadores independientes y ONGs deben solicitar permisos especiales para estudiar temas críticos como la desinformación en la plataforma, mientras oscuras empresas de marketing se teme que siguen comprando datos en lotes mediante intermediarios.



viernes, 27 de junio de 2025

El Eje de la Resistencia: el legado antiimperialista de la Revolución iraní.


La idea, ampliamente extendida en Occidente, de que Hezbollah, los hutíes o las milicias chiíes iraquíes son meras extensiones de Irán, ignora una interesante serie de complejidades ideológicas de la Revolución iraní de 1979, que a su vez fascinaron a ciertos círculos de la izquierda radical occidental desencantada de la Unión Soviética, una reacción que a día de hoy nos podría resultar incomprensible.

Para entender este fenómeno, debemos dirigir nuestra mirada a una figura en concreto: la del sociólogo y pensador religioso Ali Shariati, considerado el guía espiritual de la Revolución iraní.

Shariati, sociólogo iraní formado en París y lector voraz de Fanon, Sartre y Marx, pero profundamente arraigado en la tradición chií, construyó un discurso donde el Islam, lejos de ser el opio de los pueblos o el refugio de los conservadores, se convertía en la lengua franca de la liberación. Su dispositivo analítico fundamental fue la traducción de la lucha de clases al registro coránico, poniendo el énfasis en la fractura irreconciliable entre los mustad'afin (los débiles, los oprimidos, los humillados) y los mustakbirin (los arrogantes, los opresores, los tiranos). 

Esta división, surge del propio Corán. En la Sura 4 (An-Nisa), verso 75, se interpela: "¿Por qué no combatís por la causa de Dios y de los mustad'afin - hombres, mujeres y niños que dicen: ¡Señor nuestro! Sácanos de esta ciudad de opresores (zâlimîn)!". Es una llamada explícita a la defensa activa de los desposeídos. La Sura 28 (Al-Qasas), versos 4-5, es aún más reveladora: "En verdad, Faraón se enalteció (istakbara) en la tierra... Quería humillarlos (yastad'ifuhum). Pero Nosotros queríamos favorecer a los que habían sido humillados (mustad'afin) en la tierra, hacerlos dirigentes y hacerlos herederos". Aquí, el Corán llega a establecer un destino divino para los mustad'afin, con su elevación como líderes y herederos de la tierra frente a la arrogancia (istikbar) del poder faraónico.

Es decir, Shariati tomó la distinción del corán y la radicalizó políticamente, transformando una categoría ético-religiosa en sujeto revolucionario. Para Shariati, este binomio encarnaba la esencia misma de la historia sagrada, desde la resistencia del Imam Husein en Karbala contra el califa opresor Yazid, hasta la lucha contemporánea contra el Sha, monarca títere de potencias extranjeras en Irán, y contra la "aristocracia tribal", tanto la literal como la metafórica del poder corrupto y secularizado.

Y es aquí donde hallamos el primer punto de atracción para cierta izquierda occidental de la época; en la resacralización de la lucha revolucionaria. Frente a un materialismo histórico que, para algunos, había perdido su aura ética y su dimensión trascendente en los laberintos burocráticos del Este, Shariati ofrecía un marco donde la revolución era un acto de fe militante, una espiritualidad política. La resistencia se llevaba a cabo contra la zulm (opresión, injusticia cósmica), un concepto con profundas raíces teológicas y una carga emocional inmensa. Esta fusión de lo sagrado y lo político, esta promesa de una redención terrenal pero con resonancias metafísicas, supuso un poderoso imán para intelectuales radicales desencantados.


Durante los meses que precedieron a la caída del Shah, las grabaciones de las clases de Ali Shariati, muchas veces copiadas en cintas caseras, se repartían clandestinamente incluso entre analfabetos. Sus lemas (“la Ulemá tradicional es la servidumbre de los serviles”) y su llamada a la “revolución cultural” se convirtieron en banderas habituales en mítines y asambleas universitarias. Ideólogos de organizaciones como los Sazeman-e Mojahedin-e Khalq (MEK) o jóvenes simpatizantes del Movimiento de Liberación Popular (Fedaiún) bebieron de su fusión de marxismo, fanonismo y Shiismo revolucionario.

Jomeini y sus seguidores, que no eran “shariatistas” estrictos, supieron incorporar su retórica, haciendo famoso el lema “los mustazafin heredarán la tierra” en los sermones revolucionarios oficiales. La propia Revolución de 1979 se presentó en su discurso fundacional como la encarnación histórica de los mustad'afin iraníes. 

El derrocamiento del Sha fue entonces, en la narrativa oficial, la victoria de los humillados sobre los arrogantes, un épico acto de justicia divina.

El régimen naciente, bajo el liderazgo del Imam Jomeini, no se contentó con ser la voz de los oprimidos dentro de Irán. Proclamó su misión como la voz de los mustad'afin del mundo enfrentados a los mustakbirin globales, encarnados en el "Gran Satán" (EE.UU.) y sus aliados. Este universalismo antiimperialista, proyectando la lucha doméstica a escala global, constituyó otro gran punto de encuentro con sectores de la izquierda radical occidental. Profundamente antiimperialistas y críticos de la hegemonía estadounidense, esta retórica les mostraba un admirable Sur global que se alzaba con una fuerza espiritual aparentemente indomable contra el mismo enemigo que ellos combatían en sus análisis.

De esta lógica nació la idea iraní de la "exportación de la revolución", particularmente mediante la diseminación ideológica y el apoyo activo a movimientos de resistencia en otros países que eran percibidos como sometidos por los mustakbirin. Esta solidaridad transnacional, basada en la identificación como oprimidos frente a un enemigo común, fue el embrión de lo que décadas después cristalizaría como el “Eje de la Resistencia” (Mehwar al-Muqawama). Este "eje", más que una alianza formal en el sentido clásico, supone una constelación discursiva y estratégica formada por actores estatales y no estatales (Hezbolá en Líbano, Hamas en Palestina, el despuesto gobierno sirio de Assad, ciertas facciones en Irak y Yemen) unidos por su oposición frontal a la influencia estadounidense e israelí en Oriente Medio, así como por su adopción (en distintos grados) de la narrativa de la resistencia chií inspirada en la Revolución iraní.


Foucault, quien viajó a Irán durante la revolución y escribió con admiración sobre su “espiritualidad política”, vio allí la irrupción de un contra-poder absoluto. Vio la emergencia de una voluntad colectiva que se levantaba contra toda una episteme de modernidad secular impuesta, occidentalizante y opresora. Vio, acaso, la posibilidad de un nuevo tipo de subjetividad política nacida de la fe y la comunidad, una alternativa radical tanto al capitalismo liberal como al socialismo autoritario. Era la promesa (luego, sabemos, truncada en lo interno) de que el oprimido (mustad'af), al recuperar su fe y su comunidad, podría devenir sujeto histórico pleno, rompiendo las cadenas discursivas y materiales del opresor (mustakbir).

Desafortunadamente, la seducción occidental fue una proyección de sus propios mitos revolucionarios sobre un movimiento cuyas derivas autoritarias internas no supieron o no quisieron ver a tiempo, olvidando que los discursos de liberación pueden devenir instrumentos de un nuevo poder.

Pero por otro lado, reducir al Eje de la Resistencia a una colección de 'proxys' de Teherán es un profundo error de perspectiva con el que juegan las habituales simplificaciones de los medios de comunicación occidentales. Se trata, más bien, de una solidaridad operativa basada en una afinidad ideológica profundamente enraizada, una simpatía forjada en la identificación compartida como mustad'afin frente a los mustakbirin globales, así como en la lucha concreta contra la hegemonía israelí-occidental. Para entender al Eje de la Resistencia, debemos entender la efectividad material y simbólica de su narrativa, nutrida en los versículos coránicos que claman justicia para los humillados.

Así, el mismo poder que fue volviéndose opresivo dentro de sus fronteras, desarrolló sus alianzas con una serie de movimientos que comparten su lenguaje de resistencia y desafían a los gigantes exteriores, manteniendo viva una llama de oposición al imperialismo de EEUU e Israel que trasciende el frío cálculo geopolítico de intereses.



jueves, 20 de marzo de 2025

Alemania se rearma: el regreso de un viejo fantasma

La historia parece repetirse en Alemania. Bajo la excusa de la seguridad europea y el auge de las tensiones con Rusia, el país germano ha comenzado una conversión acelerada de su industria civil en una maquinaria bélica, recordando de forma inquietante a los preparativos de la Alemania nazi en la década de 1930.

Rheinmetall, el mayor fabricante de armas de Europa, ha anunciado su intención de transformar sus plantas de Berlín y Neuss, hasta ahora dedicadas a la fabricación de piezas para automóviles, en fábricas de producción militar. Esto marca así un punto de inflexión en la política industrial alemana.

Bajo la presión de la nueva coyuntura geopolítica y el repliegue de Estados Unidos con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, el gobierno alemán lo tiene claro. Su vía es la del del rearme, y para ello va a impulsar la conversión de su industria en un engranaje militar.

En los años previos a la Segunda Guerra Mundial, el régimen nazi justificó la transformación de la industria automotriz en un pilar de su rearme. El pretexto fue garantizar la seguridad y fortalecer la economía.

Empresas como Volkswagen, BMW, Opel y Mercedes-Benz pasaron de fabricar automóviles a ensamblar camiones militares, motores para aviones y vehículos blindados. Con ello, prepararon a Alemania para la guerra mecanizada que arrasaría Europa pocos años después. 

Así, Vokswagen, fundada originalmente para producir el "coche del pueblo", durante la guerra la empresa se reorientó a fabricar vehículos militares, como el Kübelwagen y el Schwimmwagen. Opel fue conocida por el Opel Blitz, un camión militar que fue esencial para el transporte de la Wehrmacht, la compañía reestructuró parte de su producción para satisfacer las necesidades del régimen nazi. Por su parte, además de fabricar coches, BMW produjo motores para aviones y otros componentes militares, adaptando sus líneas de producción a los requerimientos del esfuerzo bélico. Y Mercedes-Benz también tuvo un papel importante, fabricando camiones y otros equipos necesarios para la maquinaria de guerra.


Hoy, Alemania parece recorrer la misma senda, con empresas como Rheinmetall y KNDS Deutschland reconvirtiendo sus fábricas civiles para que sus nuevos usos consistan en la producción de armamento, vehículos de combate y municiones.

El argumento utilizado por las autoridades alemanas es la necesidad de fortalecer la defensa europea ante una supuesta "amenaza rusa", la de un país que no tiene capacidad operativa para invadir más que un 20% del territorio ucraniano pero que es presentado como un peligro para toda Europa.

Si queremos buscar las verdaderas causas del rearme, tenemos que mirar hacia lo material, siempre las condiciones materiales son las que nos van a revelar lo que sucede. Y es que a día de hoy, Alemania se encuentra atrapada en una crisis económica provocada, en gran parte, por la pérdida del acceso al gas ruso tras la guerra en Ucrania y las sanciones impuestas a Moscú. Dos años consecutivos de recesión han minado la competitividad de la industria germana, y la reconversión hacia la producción militar aparece como una vía desesperada para revitalizar su economía, tal como ocurrió en los años 30 bajo el régimen nazi.

El riesgo es terrible. La historia ya nos ha demostrado que una Alemania rearmada y en crisis económica no es una buena combinación para la estabilidad geopolítica. La transformación de su industria en un motor de guerra, unida a un contexto de tensiones crecientes con Rusia y un clima político cada vez más belicista apoyado casi sin excepción por la Unión Europea, podría tener consecuencias catastróficas.



sábado, 22 de febrero de 2025

El doble filo de las alianzas geopolíticas de Estados Unidos

 


Europa contempla horrorizada cómo el presidente norteamericano Donald Trump parece dispuesto a traicionar al presidente de Ucrania, Volodymir Zelensky, a quien su país apoyó durante años.

Pero lejos de ser una novedad en la política norteamericana, este es un patrón habitual en su historia reciente. Saddam Hussein, Muamar Gadafi, Manuel Noriega e incluso Osama Bin Laden, desmienten la idea de que un "loco" se ha instalado en la Casablanca.

La historia de la política exterior estadounidense está marcada por un patrón recurrente: la creación o el respaldo de figuras consideradas "útiles" en un momento dado, para luego abandonarlas, confrontarlas o incluso eliminarlas cuando sus intereses estratégicos cambian.

Este patrón, que mezcla pragmatismo con un alto costo humano y moral, se ha repetido en múltiples conflictos del último siglo. Desde líderes armados y financiados para contener el comunismo durante la Guerra Fría hasta caudillos instrumentalizados para debilitar rivales regionales, Estados Unidos ha tejido alianzas que, con el tiempo, se convirtieron en justificación para intervenciones militares o cambios de régimen.



Saddam Hussein: De aliado estratégico a "enemigo de la humanidad"

La relación entre Estados Unidos y Saddam Hussein es un ejemplo emblemático de cómo la Realpolitik puede borrar las líneas entre el bien y el mal.

Durante la década de 1980, en plena Guerra Fría, el régimen de Saddam era visto en Washington como un baluarte contra el expansionismo de la Revolución Islámica de Irán. Cuando Irak invadió Irán en 1980, la administración Reagan no dudó en apoyar al dictador iraquí. Estados Unidos le proporcionó inteligencia militar, financiamiento agrícola (incluyendo créditos por miles de millones de dólares) y tecnología dual —equipos con usos civiles y militares— que indirectamente reforzaron su maquinaria bélica. Empresas estadounidenses y europeas, con aval gubernamental, incluso suministraron materiales clave para el desarrollo de armas químicas, las cuales Saddam usaría de forma masiva contra soldados iraníes y civiles kurdos en Halabja (1988), matando a miles. El momento más simbólico de esta alianza fue la visita de Donald Rumsfeld —entonces enviado especial de Reagan— a Bagdad en 1983, donde estrechó la mano de Saddam pese a conocer informes sobre su uso de gases tóxicos.

Sin embargo, la relación comenzó a resquebrajarse cuando Hussein invadió Kuwait en 1990, amenazando el flujo petrolero global y el equilibrio de poder en Oriente Medio. La administración de George H. W. Bush lideró una coalición internacional que expulsó a Irak de Kuwait en la Guerra del Golfo (1991), pero decidió no derrocar a Saddam, temiendo un vacío de poder que beneficiara a Irán.

La ambigüedad continuó en los años siguientes: mientras Estados Unidos imponía sanciones devastadoras a Irak —que según la ONU causaron la muerte de medio millón de niños— y establecía zonas de exclusión aérea, también permitió que Saddam permaneciera en el poder.

Todo cambió tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. La administración de George W. Bush, ávida de redefinir su presencia en la región, vinculó falsamente a Saddam con Al Qaeda y aseguró que Irak poseía "armas de destrucción masiva".

Pese a la falta de pruebas y a la oposición de aliados como Francia y Alemania, Estados Unidos invadió Irak en 2003. La caída de Saddam fue rápida, pero las consecuencias fueron catastróficas: no se encontró ningún arma de destrucción masiva, y el país se sumió en una guerra sectaria y un caos que alimentó grupos como el ISIS. Saddam, capturado en 2003 y ejecutado en 2006, pasó de ser un socio tolerado a un monstruo utilizado para justificar una guerra basada en mentiras.



Muamar Gadafi: El paria rehabilitado

La trayectoria de Muamar Gadafi, el excéntrico líder libio que gobernó durante 42 años, ilustra otro capítulo de la volátil relación de Estados Unidos con figuras incómodas pero funcionales a sus intereses.

Durante décadas, Gadafi fue sinónimo de terrorismo y desafío al orden occidental: apoyó grupos armados como el IRA y la OLP, financió atentados como el de la discoteca La Belle en Berlín (1986) —que provocó bombardeos de represalia de Reagan sobre Trípoli—, y fue vinculado al ataque de Lockerbie (1988), donde murieron 270 personas. Para Washington, era un enemigo irreductible.

Sin embargo, tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, Gadafi vio una oportunidad. En 2003, en plena invasión estadounidense a Irak, sorprendió al mundo al renunciar públicamente a su programa de armas de destrucción masiva y abrir sus instalaciones a inspecciones internacionales. Este gesto, motivado por el temor a convertirse en el próximo Saddam Hussein, fue celebrado por la administración Bush como un triunfo diplomático.

Estados Unidos y Europa normalizaron relaciones con Libia, levantaron sanciones y permitieron a empresas occidentales —como BP y ExxonMobil— acceder a sus vastas reservas de petróleo. Gadafi, otrora "loco del desierto", fue recibido en capitales europeas y hasta dio un histórico discurso en la ONU en 2009, donde denunció el Consejo de Seguridad como una "mafia".

La cooperación antiterrorista se profundizó: la CIA envió presuntos extremistas a Libia para ser interrogados bajo tortura (un programa conocido como "rendición extraordinaria"), y Gadafi se alineó con Occidente contra grupos yihadistas en el Sahel.

Pero esta alianza, construida sobre fríos cálculos, se desmoronó en 2011. En febrero de aquel año, tras el estallido de protestas en Libia inspiradas por la Primavera Árabe, medios internacionales y gobiernos occidentales difundieron la idea de que Gadafi estaba ordenando "bombardeos masivos contra su propia población" en Bengasi. Se citaban supuestas masacres con aviación y artillería, e incluso se habló de "genocidio". Sin embargo, investigaciones posteriores, incluido un informe del Comité de Asuntos Exteriores del Parlamento Británico en 2016, concluyeron que "no hubo evidencia de que el régimen libio estuviera planeando una matanza sistemática de civiles" en Bengasi.

El informe británico, basado en testimonios de inteligencia y diplomáticos, admitió que el gobierno de David Cameron "exageró la amenaza humanitaria" para ganar apoyo a la intervención. De hecho, según cables filtrados y análisis de The New York Times, las fuerzas de Gadafi se concentraban en combatir a grupos armados —no en atacar indiscriminadamente—, y las cifras de muertes previas a la intervención de la OTAN eran significativamente menores a las reportadas. La narrativa del "dictador loco bombardeando a su pueblo", repetida incansablemente por Hillary Clinton y Nicolas Sarkozy, fue un casus belli fabricado.

¿Por qué este revisionismo importa? Porque revela que, al igual que con las falsas "armas de destrucción masiva" en Irak, Estados Unidos y sus aliados recurrieron a un relato sensacionalista —esta vez bajo la doctrina de "Responsabilidad de Proteger"— para derrocar a un líder que, paradójicamente, habían rehabilitado años antes. Gadafi, tras abandonar su programa nuclear y cooperar en la "guerra contra el terrorismo", ya no era útil: su control sobre el petróleo libio (con reservas estimadas en 48 mil millones de barriles) y su resistencia a privatizar sectores estratégicos lo convertían en un obstáculo. La intervención de la OTAN, presentada como una misión humanitaria limitada, derivó en un bombardeo sistemático de infraestructura civil (incluyendo escuelas y hospitales, según Amnistía Internacional) y apoyo logístico a milicias rebeldes de dudosa reputación, muchas vinculadas a grupos yihadistas. La muerte de Gadafi —linchado por una turba tras ser capturado— no solo fue un acto de violencia extrema, sino un símbolo de cómo Occidente instrumentaliza la retórica de los derechos humanos para encubrir intereses económicos y estratégicos.

La caída de Gadafi nos muestra otra faceta del patrón imperialista estadounidense: la disposición a rehabilitar a un antiguo enemigo cuando conviene, para luego deshacerse de él cuando deja de ser útil o se convierte en un obstáculo.

Estados Unidos y sus aliados no actúan por principios éticos, sino que instrumentalizan discursos morales para justificar intervenciones que consolidan su hegemonía. Gadafi, como Saddam, fue útil hasta que dejó de serlo, y su eliminación —basada en mentiras— dejó secuelas más graves que los males que pretendía combatir.



Noriega: El aliado narco que Estados Unidos creó —y luego destruyó

La historia del general panameño Manuel Noriega nos pone frente a otra faceta del manual de la política exterior estadounidense: la colaboración con figuras criminales mientras sirven a sus intereses, seguida de su demonización y eliminación cuando dejan de ser funcionales.

Noriega, un hombre clave en el tráfico de drogas y el lavado de dinero en América Latina, fue durante décadas un socio privilegiado de Washington. Su caída, sin embargo, no fue un acto de justicia, sino el resultado de un cálculo geopolítico frío y un recordatorio de que, para Estados Unidos, incluso los aliados más corruptos son prescindibles cuando amenazan su imagen o sus prioridades estratégicas.

Noriega comenzó su relación con Estados Unidos en la década de 1950, cuando fue reclutado por el Ejército estadounidense como informante durante su formación en la Escuela de las Américas, la cual era una institución notoria por entrenar a militares latinoamericanos en tácticas contrainsurgentes, muchas veces vinculadas a violaciones de derechos humanos. Para 1967, ya era un activo de la CIA, proporcionando inteligencia sobre movimientos izquierdistas en la región. Su ascenso al poder en Panamá en 1983, tras un golpe de Estado, contó con el respaldo tácito de Washington: la administración Reagan lo consideraba un aliado contra el sandinismo en Nicaragua y el comunismo en Centroamérica.

A pesar de que, desde los años 70, Noriega facilitaba el tráfico de cocaína del Cartel de Medellín hacia Estados Unidos lavando dinero a través del Banco Nacional de Panamá y cobrando comisiones, las agencias estadounidenses lo protegieron. Incluso después de que un informe del Senado de EE.UU. en 1986 lo señalara como narcotraficante, la CIA y la DEA mantuvieron su colaboración con él. ¿La razón? Noriega permitía operaciones encubiertas en la región, incluido el financiamiento ilegal de los Contras en Nicaragua (el escándalo Irán-Contra), y garantizaba el control estadounidense sobre el Canal de Panamá, estratégico para el comercio y la geopolítica hemisférica.

El punto de quiebre llegó a finales de los 80. Con la Guerra Fría en declive, Noriega ya no era indispensable. Además, su régimen se volvió un problema de relaciones públicas: su narcotráfico era demasiado visible, y su autoritarismo —incluidas fraudes electorales y la represión de opositores, como el decapitado líder Hugo Spadafora— generaba críticas internacionales. Cuando Noriega empezó a flirtear con Cuba y la URSS, buscando diversificar alianzas, Washington decidió actuar.

En diciembre de 1989, el presidente George H. W. Bush ordenó la invasión de Panamá (llamándola  irónicamente "Operación Causa Justa"), movilizando 27,000 soldados para capturar a Noriega. La justificación fue combatir el narcotráfico y "restaurar la democracia", pero los motivos reales eran otros: asegurar el control del Canal (cuya transferencia a Panamá estaba pactada para 1999) y enviar un mensaje de fuerza tras el fin de la Guerra Fría. La operación, una de las mayores desde Vietnam, dejó entre 500 y 3,000 civiles muertos —según estimaciones de organismos de derechos humanos—, barrios enteros destruidos en El Chorrillo, y un saldo de impunidad: Estados Unidos nunca compensó a las víctimas.

Noriega, capturado en enero de 1990, fue juzgado en Miami por narcotráfico (no por crímenes de lesa humanidad) y condenado a 40 años de prisión. Su juicio, sin embargo, expuso la hipocresía del sistema: los fiscales omitieron muy convenientemente mencionar que la CIA había tenido acceso a sus cuentas bancarias y conocido sus vínculos con el cartel de Medellín desde los 70. Como señaló el abogado estadounidense Sidney Schafer: "Noriega no era un monstruo autónomo: era un producto de Washington". Así, el caso Noriega reveló cómo Estados Unidos instrumentaliza la "guerra contra las drogas" y la retórica democrática para encubrir intervenciones motivadas por intereses estratégicos. Tras décadas de utilizar a Panamá como base militar y centro de operaciones encubiertas, Washington eliminó a su antiguo socio cuando este osó desafiar su hegemonía. El general, por su parte, nunca fue más que un peón en un juego más grande: tras su extradición a Francia en 2010 y su eventual muerte en 2017, Panamá siguió lidiando con la corrupción sistémica y la desigualdad que su régimen —y la injerencia estadounidense— ayudaron a profundizar.



Osama bin Laden: Del "luchador por la libertad" a la fabricación de un enemigo global

La historia de Osama bin Laden es quizás la más paradigmática —y trágica— de todas las alianzas tóxicas tejidas por Estados Unidos. Su trayectoria, desde colaborador clave en la Guerra Fría hasta símbolo del terrorismo global, no solo revela la miopía de la política exterior estadounidense, sino también las consecuencias catastróficas de armar ideologías radicales en nombre de intereses geopolíticos a corto plazo.

En la década de 1980, durante la invasión soviética de Afganistán, Estados Unidos lanzó la Operación Ciclón, un programa secreto de la CIA para financiar y entrenar a los muyahidines que combatían al Ejército Rojo. Entre esos combatientes estaba un joven saudí idealista: Osama bin Laden. Con el respaldo de Pakistán y Arabia Saudita, Washington canalizó más de $3 mil millones (ajustados a inflación) en armas, entrenamiento y logística a los insurgentes, incluyendo a los predecesores de Al Qaeda.

Bin Laden, heredero de una fortuna familiar, se convirtió en un puente entre los donantes árabes y los combatientes afganos. Aunque no hay evidencia de que la CIA lo entrenara directamente —su papel era más logístico y financiero—, sí operó en un ecosistema creado y alimentado por Estados Unidos. Funcionarios como Zbigniew Brzezinski, asesor de seguridad de Jimmy Carter, celebraron la yihad como una "lucha por la libertad", ignorando deliberadamente su potencial extremista.

Brzezinski afirmaría en 1998: "¿Qué importaba si algunos fanáticos se armaban? La meta era hacer sangrar a la URSS".

Tras la retirada soviética en 1989, Estados Unidos abandonó Afganistán, dejando un país devastado y facciones islamistas radicalizadas luchando por el poder. Bin Laden, desilusionado por la presencia militar estadounidense en Arabia Saudita tras la Guerra del Golfo (1991) y la corrupción de las monarquías del Golfo, comenzó a ver a Washington como el nuevo "enemigo de los musulmanes". En 1996, declaró la yihad contra Estados Unidos, acusándolo de ocupar tierras islámicas y saquear sus recursos. El atentado a las embajadas de EE.UU. en Kenia y Tanzania (1998) y el 11-S (2001) fueron la culminación de esta radicalización. Irónicamente, muchos de los combatientes entrenados en los 80 —y las tácticas de guerra asimétrica enseñadas por la CIA— se volvieron contra su antiguo patrocinador. Como señaló el exagente de la CIA Robert Baer: "La CIA creó a Al Qaeda. No directamente, pero sí al darles un campo de entrenamiento y una causa".

Tras los ataques del 11-S, Estados Unidos invadió Afganistán en 2001 con el objetivo declarado de capturar a Bin Laden y destruir Al Qaeda. Sin embargo, la operación rápidamente se entrelazó con una agenda más amplia: establecer bases militares en Asia Central, controlar el corredor energético del Caspio y proyectar poder en una región estratégica. Bin Laden, por su parte, escapó a las montañas de Tora Bora, donde —según informes de soldados estadounidenses— pudo huir debido a una decisión deliberada de priorizar el uso de milicias afganas sobre tropas especiales.

No fue hasta mayo de 2011, bajo el gobierno de Barack Obama, que un equipo SEAL lo mató en Abbottabad, Pakistán. Su cuerpo fue arrojado al mar para evitar que su tumba se convirtiera en un santuario. Aunque vendida como una "victoria de la justicia", la operación generó preguntas incómodas: ¿Cómo pudo Bin Laden vivir años cerca de una academia militar pakistaní? ¿Por qué EE.UU. no lo capturó vivo para interrogarlo? Y, sobre todo, ¿qué ganó Estados Unidos tras una década de guerra?

La muerte de Bin Laden no detuvo a Al Qaeda ni acabó con el terrorismo. Por el contrario, la invasión de Irak (basada en mentiras) y los drones que mataron civiles en Pakistán y Yemen alimentaron nuevos reclutamientos. El vacío de poder en Afganistán permitió el ascenso del ISIS, y las torturas en Guantánamo mancharon la imagen moral de EE.UU. Mientras tanto, Bin Laden logró su objetivo: arrastrar a Estados Unidos a una "guerra sin fin" que consumió billones de dólares y dejó más de 900,000 muertos según el Costs of War Project.



La redención de Al Qaeda

El caso de Hayat Tahrir al-Sham (HTS) y su líder Ahmed al-Charaa (Mohamed al-Jolani), que controlaba la provincia de Idlib y acabó liderando Siria tras la derrota de Assad, demuestra que el ciclo de alianzas tóxicas de Estados Unidos no solo persiste, sino que se adapta a nuevas guerras.

Aunque Washington designaba a HTS como organización terrorista por sus vínculos históricos con Al Qaeda, la realidad sobre el terreno revelaba una colaboración de facto basada en intereses coyunturales: combatir al régimen de Bashar al-Assad y contener la influencia de Rusia e Irán. Esta dinámica repitió el guion de los 80, cuando Estados Unidos armó a los predecesores de Al Qaeda para derrotar a la URSS, sin importar el costo futuro. Cuando la Siria de Bashar al-Assad cayó a finales de 2024, EEUU y las potencias occidentales reconocieron al-Jolani como líder. Lo mismo hizo Rusia, al permitírsele conservar las bases militares en la costa siria.

Ahmed al-Charaa, alias Mohamed al-Jolani, es un ejemplo de cómo los antiguos enemigos pueden ser rehabilitados si sirven a los intereses de Washington. Nacido en Irak, Jolani se radicalizó durante la ocupación estadounidense (2003-2011) y se unió a Al Qaeda en Irak (AQI), el grupo que luego mutaría en ISIS. Tras huir a Siria en 2011, se convirtió en líder de Jabhat al-Nusra, la filial siria de Al Qaeda, responsable de atentados suicidas, secuestros y la imposición de la sharia en zonas bajo su control.

Sin embargo, en 2017, Jolani ejecutó un rebranding estratégico: rompió públicamente con Al Qaeda (una maniobra considerada por muchos como ficticia) y rebautizó a su grupo como HTS, presentándolo como una fuerza "moderada" enfocada en derrocar a Assad, no en ataques globales. Este lavado de imagen coincidió con un cambio en las prioridades estadounidenses. Aunque EE.UU. mantenía a HTS en su lista de terroristas, permitió que el grupo recibiera apoyo tácito —incluyendo inteligencia y cobertura aérea indirecta— a través de aliados regionales como Turquía, que lo veía como un baluarte contra las fuerzas kurdas (YPG/SDF), consideradas "terroristas" por Ankara.

Así, mientras Estados Unidos bombardeaba a otros grupos vinculados a Al Qaeda en Yemen o Somalia, en Siria toleró —e incluso se benefició— de la presencia de HTS, dejando en sus manos el gobierno de Siria. Mientras tanto Turquía, miembro de la OTAN, actuó como intermediario: entrenó y armó a grupos afines a HTS bajo la fachada de "Ejército Nacional Sirio" de cara al golpe final contra Assad.

Al-Jolani, consciente de su utilidad geopolítica, se dedicó a explotar esta ambigüedad, presentándose como un líder pragmático dispuesto a dialogar con Occidente. Mientras tanto, HTS siguió aplicando ejecuciones públicas, reclutando niños y persiguiendo disidentes, y generando una violencia que no ha cesado aún después del fin de Bashar al-Assad.



A principios de 2025, Donald Trump, el nuevo presidente en Estados Unidos, parece decidido a darle la espalda a su antiguo aliado, Volodymir Zelensky. Analistas y medios de comunicación más afines a la anterior administración norteamericana tratan de presentarlo como una infamia sin precedentes, pero, como hemos visto a lo largo de este artículo, este modus operandi no es la excepción, sino la norma, en la política norteamericana.

Como dijera el secretario de estado norteamericano Henry Kissinger en 1968, "ser enemigo de Estados Unidos puede ser peligroso, pero ser amigo de Estados Unidoses fatal".



martes, 5 de noviembre de 2019

Slavoj Zizek: "El sistema en punto muerto: Joker diagnostica artísticamente los males del mundo moderno"


traducido del original de Slavoj Zizek para RT
https://www.rt.com/news/472541-joker-movie-horror-violence-zizek/





La vida diaria se ha convertido en cine de horror

Deberíamos felicitar a Hollywood y a los espectadores en dos sentidos: Que haya aparecido una película que, asumámoslo, muestra una imagen muy oscura sobre un capitalismo altamente desarrollado, una imagen de pesadilla que llevó a algunos críticos a designarla como “una película de horror social”. Habitualmente tenemos por un lado películas de corte social que representan problemas sociales, y por otro las películas del género de horror. Unir estos dos géneros solo es posible cuando mucho de lo que sucede en nuestra vida social normal se convierte en fenómenos propios de una película de horror.

Es incluso más interesante ver cómo las reacciones a la película proporcionan todo un espectro de cohesiones políticas en EEUU. Por un lado, los conservadores temían que esta película incitara a la violencia. Era una afirmación absurda. No surgió violencia, al contrario, la película representa la violencia y te despierta al riesgo de que surja.

Como siempre sucede, algunas personas políticamente correctas temían que la película utilizara clichés racistas y festejara la violencia. Esto también es injusto. Una de las posturas más interesantes fue la de Michael Moore, documentalista de izquierdas, que felicitó a la película como una representación honesta de la realidad de los pobres, los excluídos que no están cubiertos por la sanidad en EEUU.

Su idea es que la película explica cómo pueden surgir figuras como Joker. Es una descripción crítica de la realidad en EEUU, que puede dar lugar a gente como Joker. Estoy de acuerdo con él, pero querría ir un poco más allá.


‘El punto muerto del nihilismo’

Creo que lo importante es que la figura del Joker al final, cuando se identifica con su máscara, es una figura de nihilismo extremo. Es violencia autodestructiva y una risa maníaca ante la desesperación de otros. No hay un proyecto político positivo.

La manera en la que deberíamos interpretar ‘Joker’, es que es lo bastante sabia para abstenerse de darnos una imagen positiva. Una crítica izquierdista de ‘Joker’ podría haber sido: “Sí, es un buen retrato de la realidad en los suburbios pobres de EEUU pero, ¿dónde está la fuerza positiva? ¿Dónde están los demócratas socialistas, dónde está la gente normal organizándose?”. De haber sido así, hubiéramos tenido una película totalmente distinta y bastante aburrida.

La lógica de esta película es que es que deja esta labor a los espectadores. Muestra una triste realidad social y un punto muerto en la reacción nihilista. Al final, el Joker no es libre. Solo es libre en el sentido de haber llegado a un punto de absoluto nihilismo.

Consideré la figura de Joker como una posición parecida a Kazimir Malevich, el avangardista ruso, en su famoso cuadro del Cuadrado Negro. Es una especie de protesta mínima, una reducción a nada. El Joker simplemente se burla de toda autoridad. Es destructivo pero carece de un proyecto positivo. Es un camino de desespración que tenemos que atravesar.

No basta con jugar al juego de los están en el poder. Este es el mensaje de ‘Joker’. El hecho de que pudiera tratarse de un poder caritativo como el padre de Bruce Wayne en su última película es parte de juego. Hay que acabar con todas esas estupideces progresistas que ocultan lo desesperado de la situación.

Aun así, no es el paso final sino un nivel cero, quitar las cosas despejando la mesa, creando un espacio para algo nuevo. Así es como veo esta película. No es una visión final decadente. Tenemos que atravesar este infierno. Ahora bien, depende de nosotros ir más allá.


Despertador social

El peligro de reducirse a explicar el trasfondo sería proporcionar una especie de explicación racional para entender la figura del Joker. Pero el Joker no necesita esto. Joker es una persona en cierto modo creativa. El momento crucial en la película para su cambio subjetivo está en cuando dice: “Solía pensar que mi vida era una tragedia. Pero ahora me doy cuenta, es una comedia”.

Comedia significa para mí que en ese punto se acepta a sí mismo en toda su desesperanza como una figura cómica y se libera de los últimos límites del viejo mundo. Esto es lo que él hace por nosotros. No es una figura a imitar. Es erróneo pensar que lo que vemos hacia el final de la película -el Joker festejado por otros- es el comienzo de algún nuevo movimiento emancipatorio. No, es un punto muerto definitivo del sistema existente; una sociedad que se dirige hacia su autodestrucción.

La elegancia de la película es que nos deja a nosotros el paso siguiente de construir una alternativa positiva. Es una imagen nihilista oscura cuyo objetivo es despertarnos.


¿Estamos preparados para afrontar la realidad?

Los izquierdistas inquietados por el ‘Joker’ son los ‘izquierdistas Fukuyama’; aquellos que piensan que el orden democrático liberal es el mejor orden posible y que tan solo tenemos que hacerlo más tolerante. En este sentido, todo el mundo hoy es socialista. Bill Gates dice que está a favor del socialismo, Mark Zuckerberg dice que está a favor del socialismo.

La lección de ‘Joker’ es que se necesita un cambio más radical. Que esto no es suficiente. Y eso es lo que estos izquierdistas demócratas no entienden. La insatisfacción que crece hoy en día es realmente seria. El sistema no puede gestionarla mediante reformas graduales, con más tolerancia o con una sanidad mejor.

Esto son señales de la necesidad de un cambio más radical.

El verdadero problema es si estamos preparados para experimentar realmente lo desesperado de nuestra situación. Como el propio Joker dice en cierto punto en la película, “Me río porque no tengo nada que perder, no soy nadie”.

Hay también un inteligente juego de nombres aquí. El apellido real de Joker es Fleck. En alemán, fleck es una mancha, una mancha sin sentido. Es como una anamorfosis. Debemos mirar las cosas de otra manera para ver una nueva perspectiva.

No confío en todos esos críticos izquierdistas que tienen miedo de su potencial. Como dijo muy agradablemente Moore, tienes miedo de esta violencia pero no de la violencia en nuestra vida diaria. Quedar conmocionado por la violencia representada en la película es solo una huída de la verdadera violencia.

miércoles, 24 de mayo de 2017

O estás con Pablo Echenique o estás con la clase trabajadora



La cuestión del empleado en negro de Pablo Echenique vuelve a estar en la palestra ante la multa anunciada por la inspección de Trabajo. Este se justifica en su cuenta de Facebook afirmando que considera que su empleado era autónomo y que por lo tanto no es responsable de que él no pagara las cuotas. Pero esto no solo es un engaño a su trabajador sino echar balones fuera culpándole, y vamos a ver por qué.

Esto es lo que afirma Pablo Echenique para justificarse, a fecha de Martes 23 de Mayo de 2017:

echenique1.jpg

El engaño aquí se encuentra en la suposición que hace Pablo de que “se trataba de una relación entre autónomo y cliente”. La Ley no es lo que Pablo Echenique quiere que sea, y habiendo tenido unos meses para considerar esta cuestión, debería haberse informado al respecto.

El régimen que le corresponde a la relación entre Pablo Echenique y su empleado, es la relación laboral especial del servicio del hogar familiar. Estas relaciones laborales las rige el Real Decreto 1620/2011, y en él se indica que se aplica a “cualquiera de las modalidades de las tareas domésticas, así como la dirección o cuidado del hogar en su conjunto o de algunas de sus partes, el cuidado o atención de los miembros de la familia o de las personas que forman parte del ámbito doméstico o familiar”.

Las excepciones que contempla esta forma de relación laboral, son las relaciones laborales de este tipo establecidas con entidades públicas o empresas privadas (punto 2.c), asi como las que se establecen con “cuidadores no profesionales” (punto 2.d), considerados estos como personas de la familia o de su entorno, esto es, como se indica en el BOE-A-2007-2690, “podrán asumir la condición de cuidadores no profesionales de una persona en situación de dependencia, su cónyuge y sus parientes por consanguinidad, afinidad o adopción, hasta el tercer grado de parentesco”. Esta es la disposición que determinó el gobierno de Zapatero para la Ley de Dependencia.

Así pues, Pablo Echenique miente o se engaña a sí mismo cuando pretende que su empleado tuviera que estar “dado de alta como autónomo y atendiendo a sus obligaciones con la seguridad social”.

Como empleador en situación de dependencia, Pablo tendría que haber dado de alta a su empleado en la seguridad social, dándose primero de alta a sí mismo como empleador en el ámbito del hogar. Solicitando primero su número CCC -equivalente al NIF para la contratación de trabajo en el hogar-, y luego dando de alta a su empleado. Cuando se da de alta a un empleado de este modo, se indica en el propio formulario que es este, si las cuotas que toca pagar van a ser domiciliadas en la cuenta del empleador, existiendo en caso de ser menos de 60 horas mensuales (que sería aplicable en este caso), la posibilidad de domiciliarlas en la cuenta del empleado.

Pero aunque fueran domiciliadas a su cuenta, que no lo fueron, el empleado nunca podría haber dejado de pagar sus cuotas a la Seguridad Social como afirma Pablo, a no ser que hubiera dado orden al banco de no hacerlo. Esto es algo que la propia Seguridad Social hace solo, no hay que "ir a pagar" a ninguna parte, es una domiciliación bancaria.

Dice Pablo Echenique también para tratar de echar balones fuera, que él desconocía que su empleado “estuviera cobrando el desempleo”. Lo sabría si hubiera tratado de darle de alta en la Seguridad Social como tenía que hacer y no hizo.

Este dar o no dar de alta no es algo que pueda uno elegir. Dice Pablo que “entiendo que se trataba de una relación entre autónomo y cliente”. No, Pablo, no se trata de lo que “entiendas”, se trata de lo que dice la Ley que tienes que hacer. Y desconocerla, como todos sabemos, no te exime de su cumplimiento. Lo vergonzoso es que pasado el tiempo después de que saltara la liebre, en lugar de reconocer tu error sigas erre que erre tratando de hacer creer que a tu empleado le correspondía el régimen de autónomos en lugar de pertenecer la relación laboral al régimen especial de empleados del hogar.

Es decir, que Pablo Echenique no sólo no dio de alta a su empleado y le pagó con dinero negro -cosa lamentablemente habitual en este país, para desgracia de los empleados del hogar que trabajan en situaciones de precariedad-, sino que una vez le han pillado, en lugar de reconocerlo se ha dedicado a hacer una defensa de sí mismo en la que trata de culpar al empleado cuyos derechos ha pisoteado, tratando de autónomo lo que es una relación laboral empleador/empleado que deja muy muy clara la ley española como acabamos de ver.

Entiendo que a Pablo Echenique le miran con lupa porque está en el partido que está. Pero lo que no puede hacer nadie cuya ideología pretenda estar con la clase trabajadora, es coger a las primeras de cambio y ponerse de lado de un tipo que no solo vulnera los derechos de un trabajador sino que además acusa a ese mismo trabajador inventándose que debía ser autónomo, para tratar de esquivar sus responsabilidades.

Votante de Podemos: Si tus principios ideológicos valen tan poco que eres capaz de ponerte contra los trabajadores más desfavorecidos porque quien ha conculcado sus derechos es “de los tuyos”, tu ideología va en contra de la clase trabajadora.

Así que, o estás con Pablo Echenique, o estás con la clase trabajadora.


lunes, 19 de diciembre de 2016

El asesino del embajador ruso en Turquía hizo el signo del ISIS mientras gritaba Allah Akhbar

Aunque los medios de comunicación han destacado las frases posteriores al asesinato, el policía turco que ha asesinado al embajador ruso en Turquía gritaba "Allah Akhbar" mientras le disparaba:



Además, el asesino realizó un signo muy característico con el que los militantes del ISIS (Daesh) muestran su afiliación con este grupo terrorista.

El dedo índice apuntando hacia el cielo es un gesto utilizado a menudo que representa su causa y que utilizan sus militantes para señalar que se adhieren a esta. Simboliza el tawhid, la unidad como concepto esencial del monoteísmo en el Islam, que es central en la doctrina ideológica del ISIS. En el caso del ISIS, el uso de este gesto se refiere también al principio subyacente esencial que implica la destrucción de Occidente.

Esta imagen está tomada en el momento en que el embajador ruso, Andrey Karlov, es disparado:


Este es el mismo gesto, tal como es utilizado habitualmente por los militantes del ISIS: