jueves, 20 de marzo de 2025

Alemania se rearma: el regreso de un viejo fantasma

La historia parece repetirse en Alemania. Bajo la excusa de la seguridad europea y el auge de las tensiones con Rusia, el país germano ha comenzado una conversión acelerada de su industria civil en una maquinaria bélica, recordando de forma inquietante a los preparativos de la Alemania nazi en la década de 1930.

Rheinmetall, el mayor fabricante de armas de Europa, ha anunciado su intención de transformar sus plantas de Berlín y Neuss, hasta ahora dedicadas a la fabricación de piezas para automóviles, en fábricas de producción militar. Esto marca así un punto de inflexión en la política industrial alemana.

Bajo la presión de la nueva coyuntura geopolítica y el repliegue de Estados Unidos con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, el gobierno alemán lo tiene claro. Su vía es la del del rearme, y para ello va a impulsar la conversión de su industria en un engranaje militar.

En los años previos a la Segunda Guerra Mundial, el régimen nazi justificó la transformación de la industria automotriz en un pilar de su rearme. El pretexto fue garantizar la seguridad y fortalecer la economía.

Empresas como Volkswagen, BMW, Opel y Mercedes-Benz pasaron de fabricar automóviles a ensamblar camiones militares, motores para aviones y vehículos blindados. Con ello, prepararon a Alemania para la guerra mecanizada que arrasaría Europa pocos años después. 

Así, Vokswagen, fundada originalmente para producir el "coche del pueblo", durante la guerra la empresa se reorientó a fabricar vehículos militares, como el Kübelwagen y el Schwimmwagen. Opel fue conocida por el Opel Blitz, un camión militar que fue esencial para el transporte de la Wehrmacht, la compañía reestructuró parte de su producción para satisfacer las necesidades del régimen nazi. Por su parte, además de fabricar coches, BMW produjo motores para aviones y otros componentes militares, adaptando sus líneas de producción a los requerimientos del esfuerzo bélico. Y Mercedes-Benz también tuvo un papel importante, fabricando camiones y otros equipos necesarios para la maquinaria de guerra.


Hoy, Alemania parece recorrer la misma senda, con empresas como Rheinmetall y KNDS Deutschland reconvirtiendo sus fábricas civiles para que sus nuevos usos consistan en la producción de armamento, vehículos de combate y municiones.

El argumento utilizado por las autoridades alemanas es la necesidad de fortalecer la defensa europea ante una supuesta "amenaza rusa", la de un país que no tiene capacidad operativa para invadir más que un 20% del territorio ucraniano pero que es presentado como un peligro para toda Europa.

Si queremos buscar las verdaderas causas del rearme, tenemos que mirar hacia lo material, siempre las condiciones materiales son las que nos van a revelar lo que sucede. Y es que a día de hoy, Alemania se encuentra atrapada en una crisis económica provocada, en gran parte, por la pérdida del acceso al gas ruso tras la guerra en Ucrania y las sanciones impuestas a Moscú. Dos años consecutivos de recesión han minado la competitividad de la industria germana, y la reconversión hacia la producción militar aparece como una vía desesperada para revitalizar su economía, tal como ocurrió en los años 30 bajo el régimen nazi.

El riesgo es terrible. La historia ya nos ha demostrado que una Alemania rearmada y en crisis económica no es una buena combinación para la estabilidad geopolítica. La transformación de su industria en un motor de guerra, unida a un contexto de tensiones crecientes con Rusia y un clima político cada vez más belicista apoyado casi sin excepción por la Unión Europea, podría tener consecuencias catastróficas.



sábado, 22 de febrero de 2025

El doble filo de las alianzas geopolíticas de Estados Unidos

 


Europa contempla horrorizada cómo el presidente norteamericano Donald Trump parece dispuesto a traicionar al presidente de Ucrania, Volodymir Zelensky, a quien su país apoyó durante años.

Pero lejos de ser una novedad en la política norteamericana, este es un patrón habitual en su historia reciente. Saddam Hussein, Muamar Gadafi, Manuel Noriega e incluso Osama Bin Laden, desmienten la idea de que un "loco" se ha instalado en la Casablanca.

La historia de la política exterior estadounidense está marcada por un patrón recurrente: la creación o el respaldo de figuras consideradas "útiles" en un momento dado, para luego abandonarlas, confrontarlas o incluso eliminarlas cuando sus intereses estratégicos cambian.

Este patrón, que mezcla pragmatismo con un alto costo humano y moral, se ha repetido en múltiples conflictos del último siglo. Desde líderes armados y financiados para contener el comunismo durante la Guerra Fría hasta caudillos instrumentalizados para debilitar rivales regionales, Estados Unidos ha tejido alianzas que, con el tiempo, se convirtieron en justificación para intervenciones militares o cambios de régimen.



Saddam Hussein: De aliado estratégico a "enemigo de la humanidad"

La relación entre Estados Unidos y Saddam Hussein es un ejemplo emblemático de cómo la Realpolitik puede borrar las líneas entre el bien y el mal.

Durante la década de 1980, en plena Guerra Fría, el régimen de Saddam era visto en Washington como un baluarte contra el expansionismo de la Revolución Islámica de Irán. Cuando Irak invadió Irán en 1980, la administración Reagan no dudó en apoyar al dictador iraquí. Estados Unidos le proporcionó inteligencia militar, financiamiento agrícola (incluyendo créditos por miles de millones de dólares) y tecnología dual —equipos con usos civiles y militares— que indirectamente reforzaron su maquinaria bélica. Empresas estadounidenses y europeas, con aval gubernamental, incluso suministraron materiales clave para el desarrollo de armas químicas, las cuales Saddam usaría de forma masiva contra soldados iraníes y civiles kurdos en Halabja (1988), matando a miles. El momento más simbólico de esta alianza fue la visita de Donald Rumsfeld —entonces enviado especial de Reagan— a Bagdad en 1983, donde estrechó la mano de Saddam pese a conocer informes sobre su uso de gases tóxicos.

Sin embargo, la relación comenzó a resquebrajarse cuando Hussein invadió Kuwait en 1990, amenazando el flujo petrolero global y el equilibrio de poder en Oriente Medio. La administración de George H. W. Bush lideró una coalición internacional que expulsó a Irak de Kuwait en la Guerra del Golfo (1991), pero decidió no derrocar a Saddam, temiendo un vacío de poder que beneficiara a Irán.

La ambigüedad continuó en los años siguientes: mientras Estados Unidos imponía sanciones devastadoras a Irak —que según la ONU causaron la muerte de medio millón de niños— y establecía zonas de exclusión aérea, también permitió que Saddam permaneciera en el poder.

Todo cambió tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. La administración de George W. Bush, ávida de redefinir su presencia en la región, vinculó falsamente a Saddam con Al Qaeda y aseguró que Irak poseía "armas de destrucción masiva".

Pese a la falta de pruebas y a la oposición de aliados como Francia y Alemania, Estados Unidos invadió Irak en 2003. La caída de Saddam fue rápida, pero las consecuencias fueron catastróficas: no se encontró ningún arma de destrucción masiva, y el país se sumió en una guerra sectaria y un caos que alimentó grupos como el ISIS. Saddam, capturado en 2003 y ejecutado en 2006, pasó de ser un socio tolerado a un monstruo utilizado para justificar una guerra basada en mentiras.



Muamar Gadafi: El paria rehabilitado

La trayectoria de Muamar Gadafi, el excéntrico líder libio que gobernó durante 42 años, ilustra otro capítulo de la volátil relación de Estados Unidos con figuras incómodas pero funcionales a sus intereses.

Durante décadas, Gadafi fue sinónimo de terrorismo y desafío al orden occidental: apoyó grupos armados como el IRA y la OLP, financió atentados como el de la discoteca La Belle en Berlín (1986) —que provocó bombardeos de represalia de Reagan sobre Trípoli—, y fue vinculado al ataque de Lockerbie (1988), donde murieron 270 personas. Para Washington, era un enemigo irreductible.

Sin embargo, tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, Gadafi vio una oportunidad. En 2003, en plena invasión estadounidense a Irak, sorprendió al mundo al renunciar públicamente a su programa de armas de destrucción masiva y abrir sus instalaciones a inspecciones internacionales. Este gesto, motivado por el temor a convertirse en el próximo Saddam Hussein, fue celebrado por la administración Bush como un triunfo diplomático.

Estados Unidos y Europa normalizaron relaciones con Libia, levantaron sanciones y permitieron a empresas occidentales —como BP y ExxonMobil— acceder a sus vastas reservas de petróleo. Gadafi, otrora "loco del desierto", fue recibido en capitales europeas y hasta dio un histórico discurso en la ONU en 2009, donde denunció el Consejo de Seguridad como una "mafia".

La cooperación antiterrorista se profundizó: la CIA envió presuntos extremistas a Libia para ser interrogados bajo tortura (un programa conocido como "rendición extraordinaria"), y Gadafi se alineó con Occidente contra grupos yihadistas en el Sahel.

Pero esta alianza, construida sobre fríos cálculos, se desmoronó en 2011. En febrero de aquel año, tras el estallido de protestas en Libia inspiradas por la Primavera Árabe, medios internacionales y gobiernos occidentales difundieron la idea de que Gadafi estaba ordenando "bombardeos masivos contra su propia población" en Bengasi. Se citaban supuestas masacres con aviación y artillería, e incluso se habló de "genocidio". Sin embargo, investigaciones posteriores, incluido un informe del Comité de Asuntos Exteriores del Parlamento Británico en 2016, concluyeron que "no hubo evidencia de que el régimen libio estuviera planeando una matanza sistemática de civiles" en Bengasi.

El informe británico, basado en testimonios de inteligencia y diplomáticos, admitió que el gobierno de David Cameron "exageró la amenaza humanitaria" para ganar apoyo a la intervención. De hecho, según cables filtrados y análisis de The New York Times, las fuerzas de Gadafi se concentraban en combatir a grupos armados —no en atacar indiscriminadamente—, y las cifras de muertes previas a la intervención de la OTAN eran significativamente menores a las reportadas. La narrativa del "dictador loco bombardeando a su pueblo", repetida incansablemente por Hillary Clinton y Nicolas Sarkozy, fue un casus belli fabricado.

¿Por qué este revisionismo importa? Porque revela que, al igual que con las falsas "armas de destrucción masiva" en Irak, Estados Unidos y sus aliados recurrieron a un relato sensacionalista —esta vez bajo la doctrina de "Responsabilidad de Proteger"— para derrocar a un líder que, paradójicamente, habían rehabilitado años antes. Gadafi, tras abandonar su programa nuclear y cooperar en la "guerra contra el terrorismo", ya no era útil: su control sobre el petróleo libio (con reservas estimadas en 48 mil millones de barriles) y su resistencia a privatizar sectores estratégicos lo convertían en un obstáculo. La intervención de la OTAN, presentada como una misión humanitaria limitada, derivó en un bombardeo sistemático de infraestructura civil (incluyendo escuelas y hospitales, según Amnistía Internacional) y apoyo logístico a milicias rebeldes de dudosa reputación, muchas vinculadas a grupos yihadistas. La muerte de Gadafi —linchado por una turba tras ser capturado— no solo fue un acto de violencia extrema, sino un símbolo de cómo Occidente instrumentaliza la retórica de los derechos humanos para encubrir intereses económicos y estratégicos.

La caída de Gadafi nos muestra otra faceta del patrón imperialista estadounidense: la disposición a rehabilitar a un antiguo enemigo cuando conviene, para luego deshacerse de él cuando deja de ser útil o se convierte en un obstáculo.

Estados Unidos y sus aliados no actúan por principios éticos, sino que instrumentalizan discursos morales para justificar intervenciones que consolidan su hegemonía. Gadafi, como Saddam, fue útil hasta que dejó de serlo, y su eliminación —basada en mentiras— dejó secuelas más graves que los males que pretendía combatir.



Noriega: El aliado narco que Estados Unidos creó —y luego destruyó

La historia del general panameño Manuel Noriega nos pone frente a otra faceta del manual de la política exterior estadounidense: la colaboración con figuras criminales mientras sirven a sus intereses, seguida de su demonización y eliminación cuando dejan de ser funcionales.

Noriega, un hombre clave en el tráfico de drogas y el lavado de dinero en América Latina, fue durante décadas un socio privilegiado de Washington. Su caída, sin embargo, no fue un acto de justicia, sino el resultado de un cálculo geopolítico frío y un recordatorio de que, para Estados Unidos, incluso los aliados más corruptos son prescindibles cuando amenazan su imagen o sus prioridades estratégicas.

Noriega comenzó su relación con Estados Unidos en la década de 1950, cuando fue reclutado por el Ejército estadounidense como informante durante su formación en la Escuela de las Américas, la cual era una institución notoria por entrenar a militares latinoamericanos en tácticas contrainsurgentes, muchas veces vinculadas a violaciones de derechos humanos. Para 1967, ya era un activo de la CIA, proporcionando inteligencia sobre movimientos izquierdistas en la región. Su ascenso al poder en Panamá en 1983, tras un golpe de Estado, contó con el respaldo tácito de Washington: la administración Reagan lo consideraba un aliado contra el sandinismo en Nicaragua y el comunismo en Centroamérica.

A pesar de que, desde los años 70, Noriega facilitaba el tráfico de cocaína del Cartel de Medellín hacia Estados Unidos lavando dinero a través del Banco Nacional de Panamá y cobrando comisiones, las agencias estadounidenses lo protegieron. Incluso después de que un informe del Senado de EE.UU. en 1986 lo señalara como narcotraficante, la CIA y la DEA mantuvieron su colaboración con él. ¿La razón? Noriega permitía operaciones encubiertas en la región, incluido el financiamiento ilegal de los Contras en Nicaragua (el escándalo Irán-Contra), y garantizaba el control estadounidense sobre el Canal de Panamá, estratégico para el comercio y la geopolítica hemisférica.

El punto de quiebre llegó a finales de los 80. Con la Guerra Fría en declive, Noriega ya no era indispensable. Además, su régimen se volvió un problema de relaciones públicas: su narcotráfico era demasiado visible, y su autoritarismo —incluidas fraudes electorales y la represión de opositores, como el decapitado líder Hugo Spadafora— generaba críticas internacionales. Cuando Noriega empezó a flirtear con Cuba y la URSS, buscando diversificar alianzas, Washington decidió actuar.

En diciembre de 1989, el presidente George H. W. Bush ordenó la invasión de Panamá (llamándola  irónicamente "Operación Causa Justa"), movilizando 27,000 soldados para capturar a Noriega. La justificación fue combatir el narcotráfico y "restaurar la democracia", pero los motivos reales eran otros: asegurar el control del Canal (cuya transferencia a Panamá estaba pactada para 1999) y enviar un mensaje de fuerza tras el fin de la Guerra Fría. La operación, una de las mayores desde Vietnam, dejó entre 500 y 3,000 civiles muertos —según estimaciones de organismos de derechos humanos—, barrios enteros destruidos en El Chorrillo, y un saldo de impunidad: Estados Unidos nunca compensó a las víctimas.

Noriega, capturado en enero de 1990, fue juzgado en Miami por narcotráfico (no por crímenes de lesa humanidad) y condenado a 40 años de prisión. Su juicio, sin embargo, expuso la hipocresía del sistema: los fiscales omitieron muy convenientemente mencionar que la CIA había tenido acceso a sus cuentas bancarias y conocido sus vínculos con el cartel de Medellín desde los 70. Como señaló el abogado estadounidense Sidney Schafer: "Noriega no era un monstruo autónomo: era un producto de Washington". Así, el caso Noriega reveló cómo Estados Unidos instrumentaliza la "guerra contra las drogas" y la retórica democrática para encubrir intervenciones motivadas por intereses estratégicos. Tras décadas de utilizar a Panamá como base militar y centro de operaciones encubiertas, Washington eliminó a su antiguo socio cuando este osó desafiar su hegemonía. El general, por su parte, nunca fue más que un peón en un juego más grande: tras su extradición a Francia en 2010 y su eventual muerte en 2017, Panamá siguió lidiando con la corrupción sistémica y la desigualdad que su régimen —y la injerencia estadounidense— ayudaron a profundizar.



Osama bin Laden: Del "luchador por la libertad" a la fabricación de un enemigo global

La historia de Osama bin Laden es quizás la más paradigmática —y trágica— de todas las alianzas tóxicas tejidas por Estados Unidos. Su trayectoria, desde colaborador clave en la Guerra Fría hasta símbolo del terrorismo global, no solo revela la miopía de la política exterior estadounidense, sino también las consecuencias catastróficas de armar ideologías radicales en nombre de intereses geopolíticos a corto plazo.

En la década de 1980, durante la invasión soviética de Afganistán, Estados Unidos lanzó la Operación Ciclón, un programa secreto de la CIA para financiar y entrenar a los muyahidines que combatían al Ejército Rojo. Entre esos combatientes estaba un joven saudí idealista: Osama bin Laden. Con el respaldo de Pakistán y Arabia Saudita, Washington canalizó más de $3 mil millones (ajustados a inflación) en armas, entrenamiento y logística a los insurgentes, incluyendo a los predecesores de Al Qaeda.

Bin Laden, heredero de una fortuna familiar, se convirtió en un puente entre los donantes árabes y los combatientes afganos. Aunque no hay evidencia de que la CIA lo entrenara directamente —su papel era más logístico y financiero—, sí operó en un ecosistema creado y alimentado por Estados Unidos. Funcionarios como Zbigniew Brzezinski, asesor de seguridad de Jimmy Carter, celebraron la yihad como una "lucha por la libertad", ignorando deliberadamente su potencial extremista.

Brzezinski afirmaría en 1998: "¿Qué importaba si algunos fanáticos se armaban? La meta era hacer sangrar a la URSS".

Tras la retirada soviética en 1989, Estados Unidos abandonó Afganistán, dejando un país devastado y facciones islamistas radicalizadas luchando por el poder. Bin Laden, desilusionado por la presencia militar estadounidense en Arabia Saudita tras la Guerra del Golfo (1991) y la corrupción de las monarquías del Golfo, comenzó a ver a Washington como el nuevo "enemigo de los musulmanes". En 1996, declaró la yihad contra Estados Unidos, acusándolo de ocupar tierras islámicas y saquear sus recursos. El atentado a las embajadas de EE.UU. en Kenia y Tanzania (1998) y el 11-S (2001) fueron la culminación de esta radicalización. Irónicamente, muchos de los combatientes entrenados en los 80 —y las tácticas de guerra asimétrica enseñadas por la CIA— se volvieron contra su antiguo patrocinador. Como señaló el exagente de la CIA Robert Baer: "La CIA creó a Al Qaeda. No directamente, pero sí al darles un campo de entrenamiento y una causa".

Tras los ataques del 11-S, Estados Unidos invadió Afganistán en 2001 con el objetivo declarado de capturar a Bin Laden y destruir Al Qaeda. Sin embargo, la operación rápidamente se entrelazó con una agenda más amplia: establecer bases militares en Asia Central, controlar el corredor energético del Caspio y proyectar poder en una región estratégica. Bin Laden, por su parte, escapó a las montañas de Tora Bora, donde —según informes de soldados estadounidenses— pudo huir debido a una decisión deliberada de priorizar el uso de milicias afganas sobre tropas especiales.

No fue hasta mayo de 2011, bajo el gobierno de Barack Obama, que un equipo SEAL lo mató en Abbottabad, Pakistán. Su cuerpo fue arrojado al mar para evitar que su tumba se convirtiera en un santuario. Aunque vendida como una "victoria de la justicia", la operación generó preguntas incómodas: ¿Cómo pudo Bin Laden vivir años cerca de una academia militar pakistaní? ¿Por qué EE.UU. no lo capturó vivo para interrogarlo? Y, sobre todo, ¿qué ganó Estados Unidos tras una década de guerra?

La muerte de Bin Laden no detuvo a Al Qaeda ni acabó con el terrorismo. Por el contrario, la invasión de Irak (basada en mentiras) y los drones que mataron civiles en Pakistán y Yemen alimentaron nuevos reclutamientos. El vacío de poder en Afganistán permitió el ascenso del ISIS, y las torturas en Guantánamo mancharon la imagen moral de EE.UU. Mientras tanto, Bin Laden logró su objetivo: arrastrar a Estados Unidos a una "guerra sin fin" que consumió billones de dólares y dejó más de 900,000 muertos según el Costs of War Project.



La redención de Al Qaeda

El caso de Hayat Tahrir al-Sham (HTS) y su líder Ahmed al-Charaa (Mohamed al-Jolani), que controlaba la provincia de Idlib y acabó liderando Siria tras la derrota de Assad, demuestra que el ciclo de alianzas tóxicas de Estados Unidos no solo persiste, sino que se adapta a nuevas guerras.

Aunque Washington designaba a HTS como organización terrorista por sus vínculos históricos con Al Qaeda, la realidad sobre el terreno revelaba una colaboración de facto basada en intereses coyunturales: combatir al régimen de Bashar al-Assad y contener la influencia de Rusia e Irán. Esta dinámica repitió el guion de los 80, cuando Estados Unidos armó a los predecesores de Al Qaeda para derrotar a la URSS, sin importar el costo futuro. Cuando la Siria de Bashar al-Assad cayó a finales de 2024, EEUU y las potencias occidentales reconocieron al-Jolani como líder. Lo mismo hizo Rusia, al permitírsele conservar las bases militares en la costa siria.

Ahmed al-Charaa, alias Mohamed al-Jolani, es un ejemplo de cómo los antiguos enemigos pueden ser rehabilitados si sirven a los intereses de Washington. Nacido en Irak, Jolani se radicalizó durante la ocupación estadounidense (2003-2011) y se unió a Al Qaeda en Irak (AQI), el grupo que luego mutaría en ISIS. Tras huir a Siria en 2011, se convirtió en líder de Jabhat al-Nusra, la filial siria de Al Qaeda, responsable de atentados suicidas, secuestros y la imposición de la sharia en zonas bajo su control.

Sin embargo, en 2017, Jolani ejecutó un rebranding estratégico: rompió públicamente con Al Qaeda (una maniobra considerada por muchos como ficticia) y rebautizó a su grupo como HTS, presentándolo como una fuerza "moderada" enfocada en derrocar a Assad, no en ataques globales. Este lavado de imagen coincidió con un cambio en las prioridades estadounidenses. Aunque EE.UU. mantenía a HTS en su lista de terroristas, permitió que el grupo recibiera apoyo tácito —incluyendo inteligencia y cobertura aérea indirecta— a través de aliados regionales como Turquía, que lo veía como un baluarte contra las fuerzas kurdas (YPG/SDF), consideradas "terroristas" por Ankara.

Así, mientras Estados Unidos bombardeaba a otros grupos vinculados a Al Qaeda en Yemen o Somalia, en Siria toleró —e incluso se benefició— de la presencia de HTS, dejando en sus manos el gobierno de Siria. Mientras tanto Turquía, miembro de la OTAN, actuó como intermediario: entrenó y armó a grupos afines a HTS bajo la fachada de "Ejército Nacional Sirio" de cara al golpe final contra Assad.

Al-Jolani, consciente de su utilidad geopolítica, se dedicó a explotar esta ambigüedad, presentándose como un líder pragmático dispuesto a dialogar con Occidente. Mientras tanto, HTS siguió aplicando ejecuciones públicas, reclutando niños y persiguiendo disidentes, y generando una violencia que no ha cesado aún después del fin de Bashar al-Assad.



A principios de 2025, Donald Trump, el nuevo presidente en Estados Unidos, parece decidido a darle la espalda a su antiguo aliado, Volodymir Zelensky. Analistas y medios de comunicación más afines a la anterior administración norteamericana tratan de presentarlo como una infamia sin precedentes, pero, como hemos visto a lo largo de este artículo, este modus operandi no es la excepción, sino la norma, en la política norteamericana.

Como dijera el secretario de estado norteamericano Henry Kissinger en 1968, "ser enemigo de Estados Unidos puede ser peligroso, pero ser amigo de Estados Unidoses fatal".



martes, 5 de noviembre de 2019

Slavoj Zizek: "El sistema en punto muerto: Joker diagnostica artísticamente los males del mundo moderno"


traducido del original de Slavoj Zizek para RT
https://www.rt.com/news/472541-joker-movie-horror-violence-zizek/





La vida diaria se ha convertido en cine de horror

Deberíamos felicitar a Hollywood y a los espectadores en dos sentidos: Que haya aparecido una película que, asumámoslo, muestra una imagen muy oscura sobre un capitalismo altamente desarrollado, una imagen de pesadilla que llevó a algunos críticos a designarla como “una película de horror social”. Habitualmente tenemos por un lado películas de corte social que representan problemas sociales, y por otro las películas del género de horror. Unir estos dos géneros solo es posible cuando mucho de lo que sucede en nuestra vida social normal se convierte en fenómenos propios de una película de horror.

Es incluso más interesante ver cómo las reacciones a la película proporcionan todo un espectro de cohesiones políticas en EEUU. Por un lado, los conservadores temían que esta película incitara a la violencia. Era una afirmación absurda. No surgió violencia, al contrario, la película representa la violencia y te despierta al riesgo de que surja.

Como siempre sucede, algunas personas políticamente correctas temían que la película utilizara clichés racistas y festejara la violencia. Esto también es injusto. Una de las posturas más interesantes fue la de Michael Moore, documentalista de izquierdas, que felicitó a la película como una representación honesta de la realidad de los pobres, los excluídos que no están cubiertos por la sanidad en EEUU.

Su idea es que la película explica cómo pueden surgir figuras como Joker. Es una descripción crítica de la realidad en EEUU, que puede dar lugar a gente como Joker. Estoy de acuerdo con él, pero querría ir un poco más allá.


‘El punto muerto del nihilismo’

Creo que lo importante es que la figura del Joker al final, cuando se identifica con su máscara, es una figura de nihilismo extremo. Es violencia autodestructiva y una risa maníaca ante la desesperación de otros. No hay un proyecto político positivo.

La manera en la que deberíamos interpretar ‘Joker’, es que es lo bastante sabia para abstenerse de darnos una imagen positiva. Una crítica izquierdista de ‘Joker’ podría haber sido: “Sí, es un buen retrato de la realidad en los suburbios pobres de EEUU pero, ¿dónde está la fuerza positiva? ¿Dónde están los demócratas socialistas, dónde está la gente normal organizándose?”. De haber sido así, hubiéramos tenido una película totalmente distinta y bastante aburrida.

La lógica de esta película es que es que deja esta labor a los espectadores. Muestra una triste realidad social y un punto muerto en la reacción nihilista. Al final, el Joker no es libre. Solo es libre en el sentido de haber llegado a un punto de absoluto nihilismo.

Consideré la figura de Joker como una posición parecida a Kazimir Malevich, el avangardista ruso, en su famoso cuadro del Cuadrado Negro. Es una especie de protesta mínima, una reducción a nada. El Joker simplemente se burla de toda autoridad. Es destructivo pero carece de un proyecto positivo. Es un camino de desespración que tenemos que atravesar.

No basta con jugar al juego de los están en el poder. Este es el mensaje de ‘Joker’. El hecho de que pudiera tratarse de un poder caritativo como el padre de Bruce Wayne en su última película es parte de juego. Hay que acabar con todas esas estupideces progresistas que ocultan lo desesperado de la situación.

Aun así, no es el paso final sino un nivel cero, quitar las cosas despejando la mesa, creando un espacio para algo nuevo. Así es como veo esta película. No es una visión final decadente. Tenemos que atravesar este infierno. Ahora bien, depende de nosotros ir más allá.


Despertador social

El peligro de reducirse a explicar el trasfondo sería proporcionar una especie de explicación racional para entender la figura del Joker. Pero el Joker no necesita esto. Joker es una persona en cierto modo creativa. El momento crucial en la película para su cambio subjetivo está en cuando dice: “Solía pensar que mi vida era una tragedia. Pero ahora me doy cuenta, es una comedia”.

Comedia significa para mí que en ese punto se acepta a sí mismo en toda su desesperanza como una figura cómica y se libera de los últimos límites del viejo mundo. Esto es lo que él hace por nosotros. No es una figura a imitar. Es erróneo pensar que lo que vemos hacia el final de la película -el Joker festejado por otros- es el comienzo de algún nuevo movimiento emancipatorio. No, es un punto muerto definitivo del sistema existente; una sociedad que se dirige hacia su autodestrucción.

La elegancia de la película es que nos deja a nosotros el paso siguiente de construir una alternativa positiva. Es una imagen nihilista oscura cuyo objetivo es despertarnos.


¿Estamos preparados para afrontar la realidad?

Los izquierdistas inquietados por el ‘Joker’ son los ‘izquierdistas Fukuyama’; aquellos que piensan que el orden democrático liberal es el mejor orden posible y que tan solo tenemos que hacerlo más tolerante. En este sentido, todo el mundo hoy es socialista. Bill Gates dice que está a favor del socialismo, Mark Zuckerberg dice que está a favor del socialismo.

La lección de ‘Joker’ es que se necesita un cambio más radical. Que esto no es suficiente. Y eso es lo que estos izquierdistas demócratas no entienden. La insatisfacción que crece hoy en día es realmente seria. El sistema no puede gestionarla mediante reformas graduales, con más tolerancia o con una sanidad mejor.

Esto son señales de la necesidad de un cambio más radical.

El verdadero problema es si estamos preparados para experimentar realmente lo desesperado de nuestra situación. Como el propio Joker dice en cierto punto en la película, “Me río porque no tengo nada que perder, no soy nadie”.

Hay también un inteligente juego de nombres aquí. El apellido real de Joker es Fleck. En alemán, fleck es una mancha, una mancha sin sentido. Es como una anamorfosis. Debemos mirar las cosas de otra manera para ver una nueva perspectiva.

No confío en todos esos críticos izquierdistas que tienen miedo de su potencial. Como dijo muy agradablemente Moore, tienes miedo de esta violencia pero no de la violencia en nuestra vida diaria. Quedar conmocionado por la violencia representada en la película es solo una huída de la verdadera violencia.

miércoles, 24 de mayo de 2017

O estás con Pablo Echenique o estás con la clase trabajadora



La cuestión del empleado en negro de Pablo Echenique vuelve a estar en la palestra ante la multa anunciada por la inspección de Trabajo. Este se justifica en su cuenta de Facebook afirmando que considera que su empleado era autónomo y que por lo tanto no es responsable de que él no pagara las cuotas. Pero esto no solo es un engaño a su trabajador sino echar balones fuera culpándole, y vamos a ver por qué.

Esto es lo que afirma Pablo Echenique para justificarse, a fecha de Martes 23 de Mayo de 2017:

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El engaño aquí se encuentra en la suposición que hace Pablo de que “se trataba de una relación entre autónomo y cliente”. La Ley no es lo que Pablo Echenique quiere que sea, y habiendo tenido unos meses para considerar esta cuestión, debería haberse informado al respecto.

El régimen que le corresponde a la relación entre Pablo Echenique y su empleado, es la relación laboral especial del servicio del hogar familiar. Estas relaciones laborales las rige el Real Decreto 1620/2011, y en él se indica que se aplica a “cualquiera de las modalidades de las tareas domésticas, así como la dirección o cuidado del hogar en su conjunto o de algunas de sus partes, el cuidado o atención de los miembros de la familia o de las personas que forman parte del ámbito doméstico o familiar”.

Las excepciones que contempla esta forma de relación laboral, son las relaciones laborales de este tipo establecidas con entidades públicas o empresas privadas (punto 2.c), asi como las que se establecen con “cuidadores no profesionales” (punto 2.d), considerados estos como personas de la familia o de su entorno, esto es, como se indica en el BOE-A-2007-2690, “podrán asumir la condición de cuidadores no profesionales de una persona en situación de dependencia, su cónyuge y sus parientes por consanguinidad, afinidad o adopción, hasta el tercer grado de parentesco”. Esta es la disposición que determinó el gobierno de Zapatero para la Ley de Dependencia.

Así pues, Pablo Echenique miente o se engaña a sí mismo cuando pretende que su empleado tuviera que estar “dado de alta como autónomo y atendiendo a sus obligaciones con la seguridad social”.

Como empleador en situación de dependencia, Pablo tendría que haber dado de alta a su empleado en la seguridad social, dándose primero de alta a sí mismo como empleador en el ámbito del hogar. Solicitando primero su número CCC -equivalente al NIF para la contratación de trabajo en el hogar-, y luego dando de alta a su empleado. Cuando se da de alta a un empleado de este modo, se indica en el propio formulario que es este, si las cuotas que toca pagar van a ser domiciliadas en la cuenta del empleador, existiendo en caso de ser menos de 60 horas mensuales (que sería aplicable en este caso), la posibilidad de domiciliarlas en la cuenta del empleado.

Pero aunque fueran domiciliadas a su cuenta, que no lo fueron, el empleado nunca podría haber dejado de pagar sus cuotas a la Seguridad Social como afirma Pablo, a no ser que hubiera dado orden al banco de no hacerlo. Esto es algo que la propia Seguridad Social hace solo, no hay que "ir a pagar" a ninguna parte, es una domiciliación bancaria.

Dice Pablo Echenique también para tratar de echar balones fuera, que él desconocía que su empleado “estuviera cobrando el desempleo”. Lo sabría si hubiera tratado de darle de alta en la Seguridad Social como tenía que hacer y no hizo.

Este dar o no dar de alta no es algo que pueda uno elegir. Dice Pablo que “entiendo que se trataba de una relación entre autónomo y cliente”. No, Pablo, no se trata de lo que “entiendas”, se trata de lo que dice la Ley que tienes que hacer. Y desconocerla, como todos sabemos, no te exime de su cumplimiento. Lo vergonzoso es que pasado el tiempo después de que saltara la liebre, en lugar de reconocer tu error sigas erre que erre tratando de hacer creer que a tu empleado le correspondía el régimen de autónomos en lugar de pertenecer la relación laboral al régimen especial de empleados del hogar.

Es decir, que Pablo Echenique no sólo no dio de alta a su empleado y le pagó con dinero negro -cosa lamentablemente habitual en este país, para desgracia de los empleados del hogar que trabajan en situaciones de precariedad-, sino que una vez le han pillado, en lugar de reconocerlo se ha dedicado a hacer una defensa de sí mismo en la que trata de culpar al empleado cuyos derechos ha pisoteado, tratando de autónomo lo que es una relación laboral empleador/empleado que deja muy muy clara la ley española como acabamos de ver.

Entiendo que a Pablo Echenique le miran con lupa porque está en el partido que está. Pero lo que no puede hacer nadie cuya ideología pretenda estar con la clase trabajadora, es coger a las primeras de cambio y ponerse de lado de un tipo que no solo vulnera los derechos de un trabajador sino que además acusa a ese mismo trabajador inventándose que debía ser autónomo, para tratar de esquivar sus responsabilidades.

Votante de Podemos: Si tus principios ideológicos valen tan poco que eres capaz de ponerte contra los trabajadores más desfavorecidos porque quien ha conculcado sus derechos es “de los tuyos”, tu ideología va en contra de la clase trabajadora.

Así que, o estás con Pablo Echenique, o estás con la clase trabajadora.


lunes, 19 de diciembre de 2016

El asesino del embajador ruso en Turquía hizo el signo del ISIS mientras gritaba Allah Akhbar

Aunque los medios de comunicación han destacado las frases posteriores al asesinato, el policía turco que ha asesinado al embajador ruso en Turquía gritaba "Allah Akhbar" mientras le disparaba:



Además, el asesino realizó un signo muy característico con el que los militantes del ISIS (Daesh) muestran su afiliación con este grupo terrorista.

El dedo índice apuntando hacia el cielo es un gesto utilizado a menudo que representa su causa y que utilizan sus militantes para señalar que se adhieren a esta. Simboliza el tawhid, la unidad como concepto esencial del monoteísmo en el Islam, que es central en la doctrina ideológica del ISIS. En el caso del ISIS, el uso de este gesto se refiere también al principio subyacente esencial que implica la destrucción de Occidente.

Esta imagen está tomada en el momento en que el embajador ruso, Andrey Karlov, es disparado:


Este es el mismo gesto, tal como es utilizado habitualmente por los militantes del ISIS:








martes, 6 de diciembre de 2016

La vergonzosa convocatoria del “No a la Guerra”: Pararla cuando la extrema derecha yihadista está siendo derrotada




Una convocatoria “ciudadana” pretende sacar de nuevo a los españoles a la calle retorciendo el viejo lema de “No a la Guerra”, para pedir el cese de las hostilidades en Siria. Mientras que el manifiesto de los convocantes se centra en las inocentes víctimas, se produce en él también la petición no tan inocente de un alto el fuego en Alepo, la misma posición que defienden los gobiernos imperialistas de la OTAN para aliviar la presión sobre sus aliados salafistas en el frente de la ciudad.

Se pretende utilizar a las fuerzas progresistas como tontos útiles para favorecer a los intereses imperialistas en la guerra de agresión contra el gobierno sirio, llamando ahora a que se detenga una guerra que al fin están perdiendo los imperialismos de la OTAN y Arabia Saudí.

No son tiempos para el “No a la Guerra”. En nombre de un humanitarismo vacío no se puede ignorar las complejidades de un conflicto, y mucho menos equiparar a los bandos en liza.

Desde finales de noviembre, los avances del gobierno sirio ayudado por Rusia en la estratégica ciudad de Alepo han sido espectaculares, recuperando casi el 70% del territorio que se encontraba en manos de los yihadistas financiados por Arabia Saudí y Qatar y armados por los EEUU para destrozar Siria. Queda apenas un bolsillo de resistencia yihadista sin líneas de abastecimiento, para cuya reorganización se pide un alto el fuego desde occidente: Ya que si la ciudad de Alepo cae finalmente en manos del gobierno sirio, la guerra estará prácticamente decidida.

Mientras esto sucede, la propaganda en la “prensa libre” al servicio de la OTAN ha llenado nuestros telediarios de crudas imágenes con las que se pretende despertar nuestra sensibilidad hacia las “víctimas civiles”, de cara a buscar la presión popular hacia un alto el fuego que ayude al yihadismo. Una guerra que fue ignorada durante 5 años, en los que se pregonó la existencia de unos “rebeldes moderados” que nunca existieron, llena ahora los espacios informativos a través de una elaborada propaganda mientras se sigue llamando “rebeldes” o “insurgentes” a los militantes de Al-Nusra/Al-Qaeda, la misma organización que fue responsable de los atentados de Atocha el 11 de Marzo de 2004.

A medida que el ejército sirio entra en zonas de Alepo está abriendo pasillos para que los civiles que se encuentran en la zona en que se combate puedan escapar de la zona bajo la sharía a las controladas por el gobierno. Como fue grabado en este vídeo en Alepo, los yihadistas disparan a los civiles que huyen de las zonas de guerra:



La mayor parte de reportes de muertes de civiles se producen a partir de dos fuentes. Una de ellas, el OSDH (Observatorio Sirio de los Derechos Humanos) está dirigida por un sirio musulmán suní que vive en Coventry (Inglaterra) y dice tener una red de informadores sobre el terreno que nadie conoce. La otra son los “Cascos Blancos”, un grupo yihadista sirio que se viste de ONG y acompaña a los militantes extremistas sobre el terreno. Sus componentes han sido fotografiados numerosas veces armados, así como falsificando rescates de víctimas de bombardeos:




Estas fuentes de información que trabajan para el bando yihadista, son el origen de la mayoría de las imágenes e información sin contrastar que se nos muestran en los telediarios para tratar de sensibilizarnos con el yihadismo salafista que apoya la OTAN.



¿Quién es quién en el conflicto sirio?


A grandes rasgos podemos dividir la guerra siria en cuatro bandos. El gobierno legítimo de Siria se encuentra aliado con los kurdos, y en su contra tenemos por un lado al ISIS -que ocupa el Este desértico del país- y por otro una variedad de grupos mayoritariamente yihadistas cuyo jugador clave es Al-Nusra (antigua Al-Qaeda) y entre quienes occidente trata desesperadamente de encontrar a alguien a quien adjudicar la etiqueta de “moderado”. Tales grupos yihadistas son los que han recibido durante estos años de guerra material militar por parte de EEUU así como financiación de Arabia Saudí y Qatar. De Arabia Saudí proceden además buena parte de los mercenarios que componen el ejército “rebelde”.

Tras varios años de guerra, hemos llegado a un punto en el que los yihadistas que se disputan el Oeste de Siria con el gobierno están siendo finalmente derrotados, gracias entre otras cosas a la ayuda rusa que el gobierno legítimo sirio ha solicitado. Siendo estos yihadistas armados y financiados por la entente OTAN-Arabia Saudí, cada avance del gobierno sirio en el frente es coordinado en nuestros “medios libres” de comunicación con un aumento de la propaganda contra Rusia y Al-Assad utilizando a las víctimas civiles del conflicto y fabricándolas cuando no las hay.


En su última desvergüenza, fue la España lacaya de EEUU y Alemania quien presentó junto a Egipto y Nueva Zelanda una resolución a principios de diciembre para buscar un alto el fuego en Alepo, que daría un balón de oxígeno a los combatientes de extrema derecha islámica que resisten en la ciudad:



(rojo - Gobierno de Siria, verde - Al-Nusra y yihadistas, amarillo - control kurdo)


Es por todo esto que resulta vergonzoso y contraproducente desenterrar el “No a la Guerra”, precisamente en el momento en que está ganando la guerra el gobierno atacado por milicianos terroristas financiados y armados por el imperialismo occidental.

Pedir ahora por “la paz”, pretender adoptar una posición neutral en una guerra imperialista destinada a la destrucción de un país, tratar a todos los bandos por igual en nombre de las víctimas civiles, puede tener buenas intenciones, pero en estas circunstancias no es más que cooperar con el juego de las potencias imperialistas occidentales que han provocado esta guerra, tratando de pararla cuando deja de ir como le conviene a la OTAN.



jueves, 29 de septiembre de 2016

La debacle del PSOE y la reconfiguración del espacio político


La espectacularidad del derrumbe de un PSOE partido en dos no debería llevarnos a tomar a Pedro Sánchez como un héroe o un revolucionario, y mucho menos como un izquierdista o un socialdemócrata. Es imprescindible no dejarnos arrastrar por las diversas propagandas, para entender quién está dónde.

En una deriva sin fin hacia posiciones a la derecha del social-liberalismo, los partidos socialdemócratas europeos fueron abandonando las posturas socialdemócratas desde que Tony Blair inventara la “Tercera Vía” como excusa para el viraje de estos partidos hacia la más absoluta asunción y cooperación con el sistema capitalista. El hueco que dejaron tales movimientos fue solo parcialmente rellenado por los partidos postcomunistas, que nunca acabaron de encajar allá: El votante socialdemócrata no gusta de hoces ni de banderas cubanas, por mucho que sus posiciones puedan coincidir con muchos socialdemócratas que creyéndose comunistas la portan como enseña.

Pero ante una situación de crisis económica e institucional, en España surgió un partido que pasó a una velocidad espectacular de querer cambiarlo todo desde una supuesta transversalidad anticapitalista en que se hablaba de “tomar el cielo por asalto”, a posiciones cada vez más obviamente socialdemócratas. Que es al fin y al cabo la ideología de gran parte de sus bases, por mucho que se pretenda arrojar venezuelas varias al partido. Irónicamente, la cúpula que cortó las alas de sus círculos tras el triunfo en las europeas, en lugar de ejercer de vanguardia construyendo ideología acabó por adaptarse a las posturas débilmente socialdemócratas de sus militantes y potenciales votantes.

Haciendo gala de una vergonzante vulgarización de las ideas de Gramsci y Laclau, buscando la hegemonía a través de las cuestiones menos “incómodas” para el poder y a ser posible desclasadas, centrándose en ir en bicicleta al Congreso llenándolo todo de sonrisas y memes y clases medias, el partido político que conquistó las televisiones ha acabado por encontrar que no quiere destruir la hegemonía cultural de las clases privilegiadas, sino arrebatarla para convertirse ellos en gestores del poder. Y para este medrar en el poder, no hay mejor instrumento en la actual coyuntura que las posiciones socialdemócratas apoyadas por millones de huérfanos de las derivas del PSOE.




Mientras todo esto sucedía, pudimos observar cómo se desarrollaba la “operación Ciudadanos”, que alzaba a un partido que debía dar salida al ala liberal del Partido Popular tras el fracaso de Esperanza Aguirre en las luchas intestinas por el poder que se resolvieron con la victoria final del ala conservadora de Mariano Rajoy. Se trataba de una escisión como parte de una lucha interna que ya se había intentado con VOX (curiosamente fueron medios esperanzistas como Libertad Digital quienes primero hicieron de propagandistas de VOX y luego de Ciudadanos). Sin embargo, VOX fue un fracaso brutal que mostraba que incluso con la colaboración de medios que antes silenciaban a opciones similares como AES, a la derecha del Partido Popular no hay un espacio electoral.

El problema de Ciudadanos, es que a pesar del auge de los anarcoliberales apesebrados como Daniel Lacalle -que ahora disfruta de su paguita en Londres-, Huerta de Soto o Juan Ramón Rallo, en España casi no hay liberales. Lo que tenemos son conservadores a los que les disgusta pagar impuestos. De ahí ese engendro ideológico del “liberal en lo económico y conservador en lo social”, o el patético espectáculo de la supuesta liberal Esperanza Aguirre reclamando la figura de un fascista como Millán Astray.

Las elecciones en Galicia y en el País Vasco y sus consecuencias, están acelerando la reconfiguración de un teatro político en el cual, en España, sobran actores.

El Partido Popular sigue siendo el partido conservador, los supuestos “liberales” de Ciudadanos están volviendo a sus rediles, y Podemos continúa capturando las posiciones de la socialdemocracia -quizá más por demérito del PSOE que por mérito suyo-, aunque continúe cayendo en votos al no haber previsto que los votantes procedentes de izquierda como IU están dejando de votar al no encontrar a quien les represente.

La gran pregunta es, ¿qué es el PSOE?. Y es que el partido de las puertas giratorias y el neoliberalismo con toques estéticos progresistas se ha quedado sin hueco en el mapa ideológico del nuevo panorama político español.

La crisis sin fin del PSOE no es una crisis de liderazgo. Es una crisis ideológica. A día de hoy, pocas palabras están más vacías que la de “socialista”, cada vez que es utilizada por el partido que reformó junto al PP el Artículo 135 de la Constitución para poner al país al servicio de la deuda. La guerra civil en el partido enfrenta posiciones de derecha con posiciones tan a la derecha que las dirige Felipe González desde su yate y su Gas Natural, desde donde en nombre del IBEX señala a su partido cuándo y cómo ha de dispararse a matar.

El camino para que Podemos se convierta en un PSOE 2.0, aún con un programa más tímido que el del propio PSOE en los 80, está despejado. Cambios de siglas y de caras, para que continúe la alternancia entre las concepciones conservadora y socialdemócrata de la gestión que se ha de hacer de un capitalismo monopolista que sigue sin ser cuestionado.